Es triste descubrir que ni con toda la cultura audiovisual del último siglo -disponible en los principales servicios de vídeo bajo demanda- hemos sido capaces de frenar el auge del fascismo. O puede que -tal vez- fuese mi propia ingenuidad lo que me llevó a creer que podríamos aprender algo a través del cine.
Ya escribía Manrique que «a nuestro parecer, cualquiera tiempo pasado fue mejor», pero -honestamente- una parte de mí tenía la esperanza de que, entre la película de La ola y Midnight in Paris, hubiésemos adquirido suficientes herramientas como para evitar despeñarnos, una vez más, por el empinado y bien señalizado barranco de un pasado idealizado.
Para aquellas que no hayáis visto la peli de Woody Allen -alerta de spoiler-, la idea central es que, si aquellos que sueñan con haber nacido durante los años veinte tuviesen la oportunidad de viajar en el tiempo, descubrirían que en dicha época se romantiza la Belle Époque.
No digo que el origen de nuestro problema se encuentre en los suspiros nostálgicos de un grupo de crononautas desnortados, aunque en la raíz de su anhelo escuchemos el mismo susurro que nos repiten una y otra vez los adalides de la intolerancia: «Antes el mundo funcionaba. Todo iba bien hasta que ellos llegaron».
Queremos la seguridad que recogen las crónicas de nuestros ancestros y su presunta certeza sobre el rol que ocupamos en el mundo, aunque no estamos tan dispuestos a reemplazar la ducha de hidromasaje, con puerto de carga USB, por una buena jofaina de agua templada, o las multas modernas por una instructiva sesión de latigazos al amanecer.
Alemania lleva más de 80 años marcada por el estigma de una esvástica. Su Código Civil mismo prohíbe explícitamente el archiconocido saludo nazi, y… aun así, la ultraderecha se ha vuelto a abrir paso, prometiendo «arreglar las cosas» a través de la máquina del tiempo más popular en términos de propaganda política: recuperar lo perdido y hacer desaparecer todos esos «fenómenos del presente» que tanta incertidumbre y confusión nos generan.
Ese «ellos» puede adquirir muchas formas: migrantes, población LGTBIQ+, feministas, artistas o cualquiera de esas otredades que -al no figurar en nuestros libros de historia- hemos asumido que no existieron hasta la llegada de Twitter, Judith Butler o los smartphones.
Quizás sea un tanto idealista, pero quiero creer que esta ola reaccionaria que ahoga Europa es -muy en el fondo- un enquistado y profundo miedo. Ya lo dijo el maestro Yoda en Star Wars: «El miedo lleva a la ira, la ira lleva al odio, el odio lleva al sufrimiento».
Y creo que, desgraciadamente, llevamos mucho tiempo ocultando el sufrimiento que nos genera nuestro propio miedo.
Miedo a la diversidad, miedo a una realidad que resulta ser mucho más grande y diversa de lo que podemos llegar a aceptar, miedo a un futuro incierto en el que ningún papel, privilegio o identidad tiene un sitio asegurado. Cualquier tiempo pasado nos parece mejor por una única razón: que ya fue vivido.
El futuro, por el contrario, es incierto y creo, honestamente, que existen pocas cosas que los seres humanos apreciemos más que una buena certeza. El problema no es, por lo tanto, que el pasado fuese mejor, sino el hecho de que creemos conocer a los que vinieron antes que nosotros en base a sus edades de oro y crónicas mutiladas.
Ni los maricones surgimos por generación espontánea con la llegada de la era de Acuario, ni las mujeres necesitaron a Simone de Beauvoir para ser conscientes de su propia opresión. No existe ningún pasado capaz de arreglar los problemas del presente, pero tal vez, si empezamos a recordar de dónde vinimos, con algo menos de nostalgia y una pizca más de pragmatismo, evitemos despeñarnos, una vez más, por el sendero de la intolerancia.

