En una cosa parece que hay consenso: echar a una persona de su hogar es el acto más inhumano que una sociedad puede perpetrar contra su gente.
En nuestro país hay una media de 44 desahucios diarios, según cifras del Consejo General del Poder Judicial. Y el caso es que mientras esta ciudad hace balance de un verano de récord, gracias al alquiler turístico y a los buenos datos hoteleros, hay personas a las que no les va nada bien. Gente a la que arrancan de su alcoba, de sus cosas, de su barrio y la ponen en la puta calle, como se lanza por el balcón una maceta de loza desportillada. Sin temor ni pudor a dañar la planta viva.
Eso es lo que le ha pasado a Maricarmen, tras meses de espera agónica la han dejado en la puerta, con las raíces al aire. A sus 87 años se obstinaba en vivir en la casa de siempre, con sus recuerdos de siempre, con los vecinos de siempre, entre sus cosas de siempre.
Lo curioso es que entre todos los casos que se producen a diario, ella ocupe espacios en informativos y se convierta por un rato en portada de casi todos los medios. La cosa sorprende, al menos a mí. Debe ser porque esta vez el lanzamiento ocurre en un barrio de gente acomodada -nunca mejor dicho- donde no resuenan las ruedas de maletas, donde los bulevares se llenan de familias estupendas los domingos y se ve poca o ninguna pobreza por las calles.
Sí; será eso. Maricarmen es el referente de una normalidad que apenas trasciende hasta que nos toca al lado. Maricarmen es la abuela, la tía, la madre que no imaginas en una situación tan dura. En definitiva, no es la edad, ni la injusticia lo que más conmueve de su historia. Es la disonancia lo que hoy la convierte en noticia. El aviso de que eso también nos puede pasar a nosotras.

