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El Nieto de Jonás

No me resulta fácil redactar esta opinión en particular. La simple idea de tener que escribir sobre las marchas en Madrid y Barcelona, el sindicato de inquilinas o el pleno de hoy en el Congreso, por algún motivo, me hace temblar.

Me repito a mí mismo que es viernes, casi mediodía, y se acerca la hora del aperitivo, pero lo más probable es que mi ansiedad no se deba a la imperiosa necesidad fisiológica de beberme una copa, sino al hecho de que estamos a día dos de octubre, mi cuenta bancaria ya tiembla y sé que tengo que pagar el alquiler antes de las 13:00 horas.

Desde muy pequeño aprendí que, siempre que tiene lugar una injusticia, existe —como contraparte— una voz que se alza para denunciarla. Nunca fuimos Hollywood —a lo sumo, Mr. Marshall—, así que no esperaba una respuesta conjunta, uniforme y coreografiada con la que todos acabásemos conformes, aunque sí que me habría venido bien ser consciente —al menos— de que el modo en que llevo años viviendo no es digno, lógico ni tan siquiera constitucional.

Llevo trabajando prácticamente desde el día en que empecé a estudiar en la universidad, he cotizado durante casi una década y, aún así, me cuesta recordar un solo día de primeros de mes en el que ese temblor, ese «toca pagar el alquiler», no me provocase el impulso de localizar el blíster de benzos más cercano.

Contra todo pronóstico, esas a las que acusaban de flojera, pereza o desidia, esas que no fueron millennials y que tenían poco más de ocho años durante la crisis de 2008, esas que crecieron sabiendo que heredarían un planeta agonizante, son esas, y no otras, las que han levantado la voz, la mano y la tienda de campaña para denunciar una violencia terrible y cotidiana que yo he llegado a entender como sinónimo de «la vida adulta».

La vida adulta consiste en un alquiler que mastica el 90 % de mi sueldo, en inventar buenas excusas para no salir, porque ya has pasado la edad de hacer botellón en la plaza, pero no te puedes permitir sentarte en una terraza. La «vida adulta» es un simple y llano temblor, tan enclavado en tu sistema nervioso que cuesta recordar tu vida antes del miedo.

Hoy, aquellas de las que nadie esperaba nada marchan hacia el Congreso, y siento alegría y respeto, y algo de catarsis y orgullo, pero, en esta ocasión, no podré estar con ellas, porque mi atención sigue centrada en el temblor de mi mano, en la caja de diazepam del estante del baño y en el reloj de mi móvil. Porque hoy es día dos de octubre, son las doce y media y debo pagar el alquiler antes de la una.

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