Ayer tuve la oportunidad de reencontrarme con una de las primeras personas a las que conocí dentro del movimiento asociativo. Alma, es activista de derechos sociales desde hace más de 50 años. En un principio pensé que aquella sería una oportunidad maravillosa para ponernos al día, pero —casi por inercia— acabamos hablando de geopolítica.
—Hay que salvar a la población gazatí —empezó Alma, a lo que yo asentí.
—Europa tiene que posicionarse claramente en el conflicto —volví a asentir, con aún más fuerza.
—Hay que poner freno a la lucha de los judíos por el control mundial.
Esa última proclama no me hizo asentir, sino girar la cabeza a un lado, de forma similar a un husky siberiano al que le ofrecen una comida desconocida. En aquel momento simplemente me quedé rígido, sabiendo que la mejor forma de salir del paso sería esperar a que terminase con aquel speech antisemita, dar una excusa y marcharme.
Sería un alivio, para Alma y otros tantos millones de personas, que nuestro problema real fuese tan sencillo como una conspiración de los Illuminati o un ciudadano Kane que —con risa malvada, a lo villano Disney— controla la actualidad del mundo desde una app tipo Tinder.
Cualquiera de estas alternativas, junto a muchas otras nacidas en cochambrosas naves del misterio y rincones oscuros de Forocoches, cumplen un solo propósito: eliminar cualquier responsabilidad que podamos sentir por el modo en que va el mundo.
Aceptar que el cambio climático, o la huella de carbono, son “una estafa” —como declaró hace poco Donald Trump— es mucho menos doloroso que enfrentarse a la verdad: que llevamos décadas destruyendo este planeta a base de desidia, plástico y desodorantes.
Es mucho más sencillo pensar en conspiraciones que aceptar el hecho de que hasta hace muy poco no nos preocupaba vender armas al gobierno sionista; que lo ocurrido en Gaza es el resultado directo de mezclar nacionalismo e imperialismo; o que una guerra en Oriente Medio no nos interesa hasta que vemos en prime time el recuento de niños masacrados con esas armas made in Europe.
Aquel día conseguí acabar el café sin mayores incidentes, pero al volver a casa no pude dejar de darle vueltas a aquel encuentro. Si aquella activista, a quien respetaba por su profundo “pensamiento crítico”, ha comprado la propaganda, ¿qué será del resto? Solo espero que, como decía aquella película de Netflix —tan famosa durante la COVID-19—, no acabemos mirando arriba para evitar ver lo que sucede enfrente.

