El sábado, mientras revisaba el buzón de mi piso, encontré una curiosa correspondencia, redactada a mano:
«Estimado vecino/a:
El pasado enero de 2025 se firmó un decreto que únicamente reconoce dos géneros, masculino y femenino.
¿Vd., qué opina? ¿Le parece lo correcto u opina que se debería ser más tolerante con las tendencias actuales?
Es un tema muy debatido, ¿sabía que la Biblia nos puede dar una guía clara y confiable para decidir en cuanto a cuestiones de moralidad?
Y es que Dios, que nos ha creado, quiere dirigirnos en la mejor dirección posible para nuestra felicidad (lea Isaías 48:17-18). Pero, ¿cómo saber si su guía es la mejor?
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Fdo.: Mayra Bosque.”
El sobre, doblado a mano, no incluía dirección ni remitente, por lo que decidí responder a la carta de Mayra a través de esta columna.
En primer lugar, creo que es muy necesario poner en valor el activismo de personas dispuestas a copiar, de forma sistemática, esas palabras a mano, especialmente cuando una fotocopia costaría poco más de diez céntimos. Ese gesto no sólo muestra compromiso, sino un gran activismo, en una época en la que muchos movimientos sociales no cuentan con los recursos económicos necesarios para sensibilizar en materia de voluntariado.
El compromiso de Mayra —con la causa que defiende— es algo evidente, por lo que quiero reiterar mi respeto, en ese sentido, hacia su labor. Por otro lado, Mayra, respondiendo a tu pregunta, diré que no estoy de acuerdo con una concepción tan estanca del género, la moral o la Biblia.
Cuando hablamos de textos sagrados, hay una palabra que siempre sale a relucir: exégesis. Si hablamos de exégesis, y no de análisis o aprendizaje, es porque una de las grandes dificultades de una “obra revelada” se encuentra en intentar interpretar, desde lo terrenal, algo de carácter divino.
No hay una única interpretación de la Biblia, por lo que me resulta bastante sorprendente que una persona, o grupo, tenga el valor de referirse a la identidad de otros como “tendencia actual”, o al respeto a sus derechos civiles —ganados por medio de la lucha democrática— en clave de “tolerancia”.
Creo que la fe parte de la creencia en algo superior a nosotros, que nos trasciende, pero no hemos de confundir la moral humana con la guía divina, o correremos el riesgo de cosechar nuevos personajes de la talla de Torquemada.
En tu carta me aconsejabas leer un pasaje de Isaías, y yo, en agradecimiento por tu misiva, te hago llegar uno de Mateo (Mt 7,17): si basamos nuestra moral en los frutos, y no en creencias que excluyen al resto, una persona o relación buena, justa y caritativa, nunca podrá ser considerada pecaminosa.
Creo, Mayra, que la fe es un elemento esencial en la construcción de la identidad, pero no puede haber la primera cuando rechazas de base la segunda. Si excluyes a alguien, o niegas su ser por miedo, tradición o costumbre, no estás mostrando piedad ni clemencia, sino miedo y crueldad. Aunque no sea teólogo, sospecho que ese no es el buen germen del que habla Mateo, sino un odio estanco, asentado en el miedo, del cual sólo cosecharás un fruto amargo.
Un cordial saludo.

