Hace muy poco nos despedíamos deseando a todo el mundo un verano tranquilo. ¿Se puede pedir algo mejor? Pues no ha podido ser: incendios de nueva generación, mares que se calientan, terremotos, más terremotos y, de repente, la crisis de Ceuta.
Sí; el contexto exterior es insoportable. Pero no es excusa para nublarnos y funcionar exclusivamente con las tripas. Nos urge respirar. En todas las situaciones, pero especialmente en las complejas. En todo caso, revolverse contra el mensajero no es la mejor opción. Matarlo -ya se sabe- no soluciona conflictos.
Siempre he pensado que escuchar distintos puntos de vista, leer opiniones o atender a racionamientos contrarios era un signo inequívoco de habitar la democracia. Pero las cosas han cambiado. A mi alrededor veo cada vez menos gente interesada en escuchar lo distinto y rabiosa por exhibir su verdad. Una verdad que, por cierto, no es mejor por profunda o por estar brillantemente argumentada. Es buena porque es propia. ¡Ea!
Quizás nos hemos acostumbrado a que el algoritmo nos mime y se limite a llevarnos la corriente, pero lo de oír a quien no piensa igual cada vez nos gusta menos. Y así, una cosa lleva a la otra y al final, ante la otredad se impone el odio. Una emoción tan poderosa como ausente de raciocinio.
Es posible que nos hayamos hecho adictos a que nos den la razón. Puede que nos estemos convirtiendo en una sociedad infantiloide, intelectualmente hueca que monta rabietas y se lía a guantazos con quienes no comulgan con lo mismo. En este caso, la prensa.
Conviene recordar que la prensa plural es el reflejo de las distintas miradas que coexisten en una sociedad. Atacar e insultar a periodistas y renegar de la diversidad de medios, más allá de inmadurez democrática es tirar piedras contra nuestro propio tejado. Si se van los periodistas ¿quién nos contará lo que pasa? O mejor, ¿quién construirá el relato? ¿Las influencers? Qué buen tiempo se nos está quedando.

