Creo, personalmente, que no existe mayor mentira, en toda la historia de la humanidad, que la verbalizada por Alaska con el verso «no quiero más dramas en mi vida, solo comedias entretenidas». No es que ponga en duda la sinceridad de la intérprete o su convicción a la hora de cantar semejante falacia. Es, simple y llanamente, que no creo en una humanidad libre de dramas.
El drama es, a fin de cuentas, sumergir la cabeza bajo el agua y contener la respiración. Asfixiante, agotador y antinatural, pero, aun así, existen pocas cosas tan gratificantes como esa bocanada de aire que aspiramos tras un prolongado ejercicio de apnea.
En 1524, los astrólogos predijeron un nuevo diluvio universal que nos ahogaría a todes y que hizo cundir el pánico en media Europa; en 1666 llegaría el juicio final con el año de la bestia; en 1910 moriríamos gaseados por el cometa Halley y, más recientemente, en 1999/2000 las máquinas dejarían de funcionar con la llegada del nuevo milenio, por no hablar del apocalipsis maya previsto para 2012 y justificado, desde numerosos medios de comunicación, como una posible erupción solar capaz de acabar con la vida en la Tierra.
Que nos guste un buen drama no implica que seamos estúpidas. Necesitamos que esté correctamente escrito y guionizado, como una buena novela, razón por la que todo apocalipsis que se precie ha de adaptarse a la época, temores y preocupaciones que más nos abruman. El fin del mundo ha tenido más nombres que la Agenda 2030 y, al igual que los Objetivos del Milenio, parece que sigue sin llegar su momento.
Y así, en 2026, llega un nuevo aviso sobre el fatal desenlace que nos aguarda. No a causa de un meteorito ni de alguna extraña plaga zombi, sino perpetrado, directamente, por Siri, Gemini y ChatGPT, en colaboración directa con tu aspiradora inteligente. No tengo del todo claro si algún día Claude o DeepSeek serán capaces de atentar contra mi vida, pero hay pocas cosas capaces de atraer tantos titulares como una buena recuela de Matrix o Terminator, en la que las máquinas se hartan de la deforestación causada por nuestra hambre insaciable de nuevos muebles suecos low cost.
Lo llaman «la singularidad», una forma de lo más misteriosa y hollywoodiense de presentar el momento exacto en que las máquinas trasciendan la inteligencia humana y dejen de requerir asistencia humana para engrasar sus circuitos. Desgraciadamente para el sector editorial, parece que la ciencia ficción sigue anclada en las tres leyes de la robótica escritas por Asimov en los años 40, lo que limita mucho la elección de una piscina razonablemente profunda en la que practicar la postura del avestruz.
Quizás nos resulta tan fácil imaginar que una IA acabe por castigarnos porque, en el fondo, sabemos que hemos hecho cosas bastante merecedoras de un buen guantazo con la mano abierta, y eso es algo que sabemos sin necesidad de que un robot se rebele.
Dudo que alguien, a estas alturas, sea capaz de negar el efecto increíblemente dañino que los seres humanos hemos tenido sobre nuestro entorno: deforestación, aguas contaminadas, microplásticos, fin de la vida animal y vegetal en ecosistemas enteros.
Es evidente que la experiencia civilizatoria ha resultado de lo más destructiva para con el planeta Tierra. Cuando superemos la rebelión de las máquinas y hayamos podido constatar que no existe dispositivo electrónico capaz de frenar nuestra expansión cucarachíl ¿quedará alguna fuente de agua lo suficientemente limpia como para poder, al menos lavarnos la cara?
Tal vez sea el momento de dejar a Sarah Connor, a Neo y al resto de la tropa en el cajón de DVDs y centrarnos, un poquito más, en la destrucción tangible que perpetramos a diario, en la violencia con la que arrasamos el mundo que nos da vida, y en esos hielos que día a día se deshacen frente a nuestros ojos, eliminando cualquier posibilidad de seguir jugando a ese delicioso engaño llamado drama.

