Hay determinadas cuestiones políticas de las que resulta complicado hablar —incluso bajo la protección de un pseudónimo, como en mi caso—. Esta “dificultad” no se debe siempre a la línea editorial o a la ideología del medio con el que colaboras; es más bien el resultado de la absoluta incomprensión en torno a los sucesos que nos han llevado a una situación determinada.
Esta sociedad, en la que convivimos monárquicos, republicanos, fascistas, comunistas e incluso algún terraplanista, nos parece una gran máquina de hierro con el poder del Leviathan, cuando realmente —en esencia— se asemeja más a un delfín de porcelana precariamente expuesto sobre la cómoda de una octogenaria.
Esa figurita, insulsa y un tanto descascarillada, tiene una cabeza u hocico al que llamamos legislativo, una aleta que recibe el nombre de ejecutivo y una gran cola: el poder judicial. El hecho de que cuente con esos tres elementos, distinguibles y lo suficientemente visibles por separado, es lo que permite que identifiquemos que sigue siendo un delfín y no alguna clase de símbolo fálico.
El gran poder de nuestro delfín de porcelana no está ni en su fuerza ni en su resistencia, sino en todas las instituciones que, a modo de armazón, parecen envolverlo y protegerlo a base de fe; o al menos es así hasta que vemos a dos estúpidos inconscientes jugando a lanzárselo de mano en mano, al grito de “a ver qué pasa”.
Nos revolvemos contra la injusticia porque existen normas cuyo objetivo —en un principio— es evitarla. Reaccionamos ante la desigualdad porque una parte de nosotras identifica que algo no funciona y que debe ser corregido. Castigamos la corrupción porque entendemos que, a pesar de su carácter sistemático, es algo que puede y debe solventarse.
Ese contrato social y político es lo único que evita que, en un momento de ira, subamos a lo alto de la sede de cualquier institución y le prendamos fuego a lo V de Vendetta, al ritmo de Tchaikovski o Calle 13. Pero… ¿qué hacemos cuando no son un par de idiotas anónimos los que juegan a lanzar esa espantosa pieza de porcelana, sino los jueces del Supremo?
El uso de la denuncia como herramienta política no es algo nuevo. Estamos bastante acostumbradas a que se emprendan acciones judiciales como estrategia efectiva para alargar situaciones obscenas y dar contenido a la contienda política, pero, hasta ahora, el poder judicial, aunque claramente politizado, no había formado parte de ese peligroso juego.
Lo que antes solo se intuía, ahora se muestra evidente. La estratagema se ha convertido en un peligro real y la denuncia ha pasado a convertirse en condena. No hablamos de pruebas, causas ni juicios, sino de poder.
Hasta hace menos de dos semanas observábamos, con indignación pero resignadas, el modo en que desvalijaban, mueble a mueble, la casa de esta octogenaria llamada España. Es una visión desagradable, aunque asumible a golpe de costumbre. Algo ha cambiado y corremos el grave riesgo de que esa frágil pieza de cerámica acabe rompiéndose en mil pedazos.
Podemos vivir con corruptos, ladrones e incluso mentirosos, pero no tengo tan claro que seamos capaces de hacerlo sin una auténtica separación de poderes. Es fácil reponer cuadros, muebles o cuberterías, pero cuando se quiebra la espina vertebral de nuestro sistema, no solo se rompe una pieza de cerámica, sino un país entero.

