Como milenial nacido en los 90, desde muy temprano tuve que tomar una decisión trascendente que definiría las siguientes décadas de mi experiencia televisiva: fútbol o cotilleos.
Pese a lo atrayente que pueda parecer —al menos en teoría— seguir a un grupo de gymbros semidesnudos mientras golpean frenéticamente un balón, nunca he sido un gran forofo de National Geographic, por lo que terminé decantándome por la prensa rosa.
Un solo “Pa-ga-me” de la Esteban me resultaba mil veces más entretenido que cuarenta chutes de pelota, por no mencionar otros muchos momentos que dejaron gran eco en mi memoria, como aquel alegato icónico en el que, tras las declaraciones homófobas de Tamara Falcó en México, Jorge Javier Vázquez, bastón ceremonial en mano, alzó la voz y dijo: “Maricones del mundo, por favor, dejemos de blanquear la imagen de la marquesa de Griñón”.
En algún momento indeterminado descubrí algo difícil de asimilar. Existía otro modelo de televisión de entretenimiento, menos violento, traumático o agresivo. Ni tipos peleándose bajo un coro de insultos racistas ni la exnovia del hermano del hijo de una folclórica combatiendo por una herencia con su prima en un juzgado de lo civil: paz, tranquilidad y cocina.
Así fue como conocí MasterChef. Acostumbrado, como estaba, a Sálvame, me extrañó mucho que no se lanzasen cazos los unos a los otros, algo casi tan impactante como la ausencia de una Thermomix en cocinas. En mi mente, aguardaba el inevitable momento en que uno de los “aspirantes” intentase empujar a un competidor de cabeza al horno, o al menos se arrojasen entre sí al interior de una de las neveras. Nada mortal, solo quemaduras de primer grado y quizás algunas lesiones menores; al fin y al cabo, estamos hablando de la tele pública.
Creía haber encontrado un modelo distinto de televisión, alejado de esa psicótica búsqueda de un share imposible por medio de la violencia. Lo creí, al menos hasta que llegó Verónica Forqué y mi imaginario terminó convertido en un crumble.
Hace unos años era suficiente con que un aspirante fuese racializado o abiertamente LGTBIQ+ para que cerrásemos la boca. “Ayudan a visibilizar”, nos decíamos. “Al menos están presentes”, nos repetíamos por aquel entonces. Daba igual que fuésemos el componente freak show de la cartelera de los domingos, porque lo importante era que ahí estábamos. Una y otra vez, lo dejábamos pasar. Las recientes declaraciones de Alba Carrillo en el programa D Corazón —de TVE— ponían la guinda final a un pastel bastante rancio al criticar abiertamente que un formato de la televisión pública se hubiese convertido en el patio de recreo de evasores de impuestos y personas endeudadas con la Hacienda pública.
Gracias a todos estos años de patatas soufflé y cocina al vacío, he comprendido que las causas sociales no pueden guionizarse, que la respuesta a la falta de visibilidad no es cumplir un cupo y que nunca será suficiente con estar, a menos que se esté en las mismas condiciones que el resto.
Quizás, como escribió Pablo Neruda, nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos, pero he de reconocer que, en este momento, he aprendido que existe más reivindicación en el gesto de Lamine Yamal alzando la bandera palestina que en el uso de las identidades prefabricadas como parte de un casting cerrado. Han tenido que pasar más de dos décadas, pero finalmente puedo escribirlo: “Lo siento, gymbros, vosotros teníais razón y era yo el que estaba equivocado”.

