Durante una época me fascinó profundamente la idea de la segunda enmienda a la Constitución de los EE. UU. No me atraía la idea de llevar un revólver en el bolso; mi interés tampoco se debía a un deseo de hacer pium pium a lo Pedro Navaja mientras caminaba por la acera. Lo que realmente me intriga de este apaño jurídico es su trasfondo. La idea de que ha de ser el pueblo, y no un gobierno, el último gran protector de la democracia.
La segunda enmienda, armas aparte, nace de la idea de que una ciudadanía armada puede actuar como último freno frente a la tiranía. Una forma de evitar que nuevos reyes o emperadores usurpasen el poder de la ciudadanía. Todo muy siglo XVIII.
El problema es que en los últimos doscientos años han cambiado muchas cosas, y ningún revólver o bala es capaz de frenar un modelo de poder que ya no tiene forma de pirámide, sino de red. Puedes vaciar un cargador sobre un dron, pero eso no inhabilitará al algoritmo. Puedes golpear la pantalla de un smartphone con la culata de tu arma, pero el software seguirá operativo en otros diez mil dispositivos.
Aquí surge, a mi parecer, una gran pregunta: ¿cómo puede la ciudadanía proteger un sistema democrático cuyos medios, herramientas y tecnologías están tan por encima de aquellas a las que tiene acceso? ¿Cómo te puedes enfrentar —de forma legítima— a una nebulosa de violencia amorfa cuando, en tu mente, el poder sigue teniendo forma de torre?
Este tema seguía inquietándome bastante, hasta que un recuerdo me vino a la mente: fue durante el 15M, una suerte de primavera árabe a la española, cuando en algunas de las grandes plazas de Madrid empezaron a aparecer numerosas personas ataviadas con la máscara de Guy Fawkes, la máscara de V de Vendetta: Anonymous.
Aquel grupo, capaz de apropiarse de la violencia esgrimida contra el pueblo, no contaba con núcleos de poder ni cabezas identificables. Era, simple y llanamente, una red, igual a la que empezaba a envolverse y enredarse en torno a la realidad digital de la ciudadanía.
En el momento en que el poder deja de tener forma de pirámide para convertirse en red, tal vez las resistencias deban adaptarse del mismo modo. Anonymous, a fin de cuentas, es tan solo un prototipo, un ejemplo. En este momento de cambio de paradigma, muchos y muchas defienden un retorno a lo amish. Una renuncia a lo digital y una vuelta a lo que fue, y lleva mucho tiempo sin ser. Pero, en mi opinión, ahí tampoco encontramos la solución.
Anonymous fue una muestra de que hoy en día la ciudadanía no necesita una pistola para protegerse de la tiranía. Solo el conocimiento de las herramientas nos permite luchar contra su influencia; solo la comprensión del algoritmo genera las grietas necesarias para desactivarlo. Más eficaz y peligroso que portar diez misiles es el hecho de inscribirse a un buen curso de informática.

