Franquismo y bondage

sesión Congreso

El Nieto de Jonás

Cincuenta años tras el fin de la dictadura, un estudio revela una realidad inquietante: aunque la mayoría de la ciudadanía sigue apostando por la democracia, crece el porcentaje —sobre todo entre jóvenes y votantes de Vox— que ve en el autoritarismo una opción aceptable “en determinadas circunstancias”.

A pesar del paso de los años y de los numerosos booms con los que ha contado —dentro de la cultura pop—, sigue existiendo una gran incomprensión en torno a todas las prácticas y dinámicas conocidas como BDSM. Estas siglas, que hacen referencia a las palabras Bondage-Disciplina, Dominación-Sumisión y Sadismo-Masoquismo, conforman una serie de prácticas y dinámicas que, para muchas personas, son incluso una forma de vida y de entender las relaciones íntimas.

Más allá de los retazos de sombra hollywoodiense que han llegado hasta nosotras, estas prácticas no consisten en quedar con una pareja sexual para que te zurre ni en algún tipo de fetiche patológico por las agresiones. Estos contratos, tan establecidos y consensuados como desconocidos, giran en torno a un leitmotiv que articula todo el juego: el control.

En entornos seguros, bajo acuerdos preestablecidos y normas claras, no existe mayor liberación que la renuncia —consciente y por voluntad propia— al control de la situación. Renunciar a la toma activa de decisiones nos permite frenar la mente, de un modo muy similar a la meditación, sabiendo que dejamos la situación en manos de otra persona.

Esta performance no tiene por qué darse siempre sobre un colchón: el juego puede empezar, incluso, en el momento en que te arreglas antes de tu cita, en el restaurante en el que tonteas o con un mensaje de WhatsApp enviado la noche anterior. Pero quienes participan siempre saben cuándo empieza y tienen muy claro cuándo termina el juego.

Cuando leo que “en determinadas circunstancias es preferible un régimen autoritario”, no pienso que una cuarta parte de nuestras juventudes haya tomado una deriva fascista. Estos datos, aunque terroríficos, me hacen pensar en lo jodido que está el mundo que queremos legar, en lo tentador que resulta —incluso a nivel político— cederle el control a alguien que nos promete solventar todos esos problemas para los que no parecemos capaces de hallar una solución inmediata y realista.

Para muches resulta más fácil la idea de lidiar con el dildo construido a imagen y semejanza de un líder autócrata que enfrentarse a la verdad: que quizás debamos ir por partes, pero que ningún heredero de la Falange tiene los dedos lo suficientemente largos como para llegar hasta la raíz del problema. Podemos darles el control, e incluso dejar que nos aten —llegado el momento—, pero nos convendría recordar que parte del contrato reside en ser conscientes de cuándo acaba el juego; de lo contrario, no renunciaremos solo al control, sino a todos los derechos logrados durante más de cinco décadas.

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