Madrid.-30/09/25. La soledad no deseada aumenta a partir de los 65 años y alcanza al 20 por ciento de quienes superan los 75 años. Estos datos destacan entre las conclusiones de un estudio que ha lanzado SoledadES, el Observatorio Estatal de la Soledad no Deseada.
El informe, promovido por Fundación ONCE, muestra que el aislamiento sigue una curva en forma de “U”. Es decir, es más acusado en la juventud, desciende en la edad adulta y vuelve a crecer en la vejez. Los datos apuntan a que el 14,5% de quienes tienen entre 65 y 74 años sufren la soledad. Esta cifra se eleva al 20% en la población mayor de 75 años. Una prevalencia inferior a la que se observa en jóvenes, ya que el aislamiento en la vejez suele ser más persistente y difícil de revertir.
La soledad, en muchos casos aparece ligada a pérdidas familiares, limitaciones físicas y dificultad para crear nuevos vínculos. El estudio señala que la pérdida de convivencia es la principal causa de soledad, una situación mencionada por más de la mitad de las personas encuestadas. En edades avanzadas esta realidad se ve agravada por la viudedad, la marcha de los hijos e hijas o la institucionalización.
Además, el informe advierte de que el impacto de la soledad prolongada supone un alto coste para la sociedad y para el sistema sanitario. Entre sus efectos se incluyen un mayor riesgo de depresión, ansiedad y enfermedades cardiovasculares, lo que convierte a este problema en una prioridad de salud pública.
Solas
El sentimiento de soledad es más frecuente en las mujeres, especialmente a partir de los 55 años. En el grupo de 65 y más años, ellas registran un 19,8% de prevalencia frente al 12% de los hombres. Esta diferencia se relaciona con la mayor esperanza de vida femenina. También tiene que ver con la viudez, que afecta al 82% de las mujeres mayores de 70 frente al 18% de los hombres.
El lugar de residencia también marca diferencias significativas. Las personas mayores que viven en municipios pequeños presentan menores tasas de soledad no deseada (12,7%), mientras que en las grandes urbes la cifra se duplica y alcanza el 25,1%. Esto confirma que el entorno urbano puede intensificar el sentimiento de aislamiento en la población mayor.

