Los años veinte no se si serán felices, pero tranquilos no son. La vida no nos da tregua. Desde 2020, vamos de sobresalto en sobresalto. La cosa comenzó con una pandemia global, siguió con varios desastres naturales y dos guerras. Ya va por la serie de una especie de Hulk -en plan adolescente añoso- que cada mañana nos amanece con una ocurrencia nueva.
Lo de jugar al monopoli con el mapamundi, se queda corto. Un día tocan deportaciones, otro subida de aranceles, ataques al vecino, amenaza a las minorías. Lo de comprar Groenlandia o hacer de Gaza un resort, han sido capítulos muy comentados de este drama americano que no podemos perdernos.
Hace unos días hicieron un gag para un programa de televisión donde le preguntaban a la gente por la calle qué opinaba sobre la oferta de Trump de comprar las Canarias para anexarlas a Estados Unidos. Hubo quien se enfadó, quien se negó en redondo a ceder las islas, pero nadie puso en duda la noticia. Nos hemos acostumbrado a normalizar lo extraño. Será una forma de sobrevivir en este estado de miedo, supongo.
Adoptamos una especie de infinita credulidad ante cualquier catástrofe, porque en esta nueva realidad cualquier guion es verosímil. Lo importante es mantener al público distraído porque nos hemos hecho adictos a la dopamina y el aburrimiento nos resulta insoportable.
Me pregunto si todo eso no acabará en un individualismo atroz. Quizá genere una ciudadanía mansa, dócil, que se atiborra de series, sustancias y paquetes de Amazon para distraer la ansiedad. Gente que no se rebela ante la injusticia, pero que enloquece ante la posibilidad de perderse lo último de Netflix.
Luego me da por pensar en la dana. En esa humanidad manchada de lodo que echaba los restos ayudando a otra gente. Me conforta pensar en esas personas que piensan, siempre están y dan sentido al mundo. Pues eso.

