Antes incluso de empezar a escribir esta columna, su conclusión ya estaba decidida. Planeaba explicar que, de entre todas las formas de producción artística, desde la pintura hasta la fotografía, pasando por el cine o los grafitis, ninguna resuena tanto conmigo como la literatura.
Quería argumentar que escribir es sencillo, pues —a fin de cuentas— solo implica el atrevimiento de plasmar sentimientos, experiencias e incluso ideas con tan solo unas pocas palabras. Planeaba comentar la complejidad, o tal vez el término adecuado sea “esnobismo”, de un modelo de alfabetización y comprensión de códigos que no invita a participar, sino que excluye a todas aquellas a las que consideramos no merecedoras de acceder al conocimiento.
Estaba a punto de escribir sobre la audacia, casi rebeldía, del acto de sostener un boli sobre un papel y atreverse a expresarse por medio de lo más sencillo y básico que poseemos: el verbo.
Pero, justo en ese momento, el algoritmo —divino pastor— me ha respondido con el más claro y directo de los símbolos: “no”.
Me encontraba a segundos de escribir todo eso cuando ha empezado a sonar El Poeta Halley, de Love of Lesbian, a través de Spotify. En ese momento, me he dado cuenta de que la carta de amor que pretendía escribir no estaba destinada, como tal, a la literatura, sino a una forma mucho más hermosa y salvaje de resistencia que se conmemora a través de un receptáculo llamado libro: las palabras.
Estos últimos días —previos al centenario de la celebración del Día del Libro— he tenido la oportunidad de reflexionar bastante sobre la literatura, pero solo con una canción toda esa idea ha volado por los aires. De repente, he recordado que muy pocos sabían leer cuando Martin Luther aireó sus tesis; algunos más, en el momento en que los grandes dictadores del siglo XX organizaban quemas de libros contrarios al régimen.
Durante el Día del Libro conmemoramos nuestra valiosa y rica tradición literaria, pero haríamos bien en recordar —más a menudo— que la base fundacional de esa forma de expresión artística es poderosa no por sus comas y puntos, sino por su carácter amorfo, etéreo e incontrolable.
Solo el hecho de repetir, recitar, signar o incluso pensar puede ser, en sí mismo, el mayor acto de rebeldía. Cuando borras melodías, libros, papel y tinta, solo algo perdura: las palabras. El verbo no necesita estar escrito para recordarse, repetirse o perdurar.
La historia de la humanidad está llena de hogueras. Si un cuadro resulta ofensivo o una obra atenta contra el buen hacer, la moral de una sociedad o las ideas de un tirano, la solución siempre ha pasado por calcinar, destruir o demoler, hasta convertir el símbolo en polvo. El arte es frágil y susceptible al fuego, pero toda la realidad tiembla cuando nos atrevemos a dar forma a una simple, sencilla e intangible palabra.

