El ataque israelí a un hospital en Gaza, el pasado martes, terminó con dos víctimas mortales y varios heridos. Uno de los fallecidos –y presunto objetivo del bombardeo, según testigos presenciales– era Hasan Asleeh, un conocido periodista palestino.
Asleeh se encontraba en dicho hospital recuperándose de un ataque anterior, sucedido durante otra de las incursiones en Gaza el pasado mes de abril. El periodista, que en el pasado trabajó para Reuters y CNN, había sido acusado de “terrorismo” por el gobierno de Netanyahu, al ser una figura cercana a altos mandos de Hamás y documentar –con docenas de fotografías y videos– el asalto a Israel del 7 de octubre.
Mi abuelo, que dedicó su vida entera al periodismo, solía hacer referencia a una cita de Evelyn Beatrice Hall, erróneamente atribuida a Voltaire: “No estoy de acuerdo con lo que usted dice, pero defenderé hasta la muerte su derecho a decirlo.” Esas sencillas, pero poderosas, palabras definieron mi modo de entender la libertad de expresión.
En un momento como este, en el que ya no solo se traspasan todos los límites al atacar un hospital, sino en el que también se empieza a considerar aceptable asesinar a periodistas, me pregunto cuál habría sido la opinión de mi abuelo.
Al repasar todos los hechos, partiendo de esa sencilla pregunta, creo que habría diferenciado claramente entre el cronista y los hechos que narra. Creo que, en el momento en el que informar se convierte en un “acto de violencia”, nos estamos condenando al silencio. Provengo de un hogar de buscadores de la “verdad”, en el que me explicaron que la principal diferencia entre periodismo e historia es que en el primero no suele existir una única versión de los hechos.
Si empezamos a considerar “legítimo” prender fuego a la lente que relata los sucesos, perdemos cualquier derecho a conocer la realidad que narran. Si borramos un lado de la historia, no recibimos información, únicamente propaganda.

