El pasado sábado 17 de mayo tuvo lugar la final del festival de Eurovisión. La emisión del certamen, celebrado en Basilea, abría con un mensaje en pantalla, cortesía de RTVE: «Frente a los derechos humanos, el silencio no es una opción. Paz y justicia para Palestina». Contra todo pronóstico, Israel quedó segundo en el concurso, al obtener la puntuación más alta a través del televoto.
Hace años, durante una de mis primeras incursiones por el barrio de Chueca, me presentaron a una de las personas más bordes que he llegado a conocer. En cada frase, comentario u opinión, atacaba a alguien. Incluso cuando parecía que quería ser simpático, de un modo u otro te insultaba.
Un gran amigo me dijo entonces, cargado de paciencia: «No se lo tengas en cuenta, es un poco marica mala». Esta expresión, solo apta para gargantas subalternas y mariliendres, no era —ni de lejos— un insulto. Al hablar de marica mala, mi amigo hacía referencia a algo muy concreto: personas que no han conocido más que la violencia durante todo su proceso de socialización y que, por lo tanto, solo saben abordar las relaciones sociales desde la agresión y una hostilidad más o menos encubierta. Este fenómeno no difiere mucho de la Antoñita de la que hablaba Pamela Palenciano en su monólogo No solo duelen los golpes.
Nunca antes le habría regalado la metralla de este concepto a un lector hetero, pero hoy las cosas son diferentes. Todo aquel que haya estudiado —mínimamente— la Segunda Guerra Mundial sabrá que la retórica nazi se alimentó de una supuesta relación entre judaísmo y la paz de Versalles, como excusa para responsabilizar al pueblo judío del devenir de Alemania tras la Primera Guerra Mundial. Esta fue solo la última de las violencias ejercidas contra uno de los pueblos más agredidos de la historia de Occidente.
Ahora bien, Israel no es el pueblo judío. Hablamos de un Estado que esperaba ser Chueca, pero se ha quedado en marica mala. Un Estado que masacra pueblos y niega la ayuda humanitaria, mientras blanquea su imagen a golpe de talonario. Rusia fue expulsada del certamen de Eurovisión, en 2022, tras la invasión de Ucrania. Israel sigue en el certamen, algo que quizás esté relacionado con que una de sus grandes empresas, Moroccanoil, financia gran parte del concurso. Estamos hablando aquí de una potencia política que, alimentada con todos los recursos y odios norteamericanos, cuenta con demasiados misiles y muy pocas excusas.

