Arena y cenacheros

cenacheros

El Nieto de Jonás

Nunca me he considerado alguien especialmente nacionalista. No puedo decir que la visión de una bandera sea algo que me emocione o me genere sensación de pertenencia. Creo que la única excepción notable es la bandera del arcoíris: un símbolo poco sujeto al concepto de frontera.

A pesar de carecer de ese espíritu romántico cuyos límites se dibujan en tinta sobre algún mapamundi, sí que reconozco y resueno con otras dos palabras: raíces y pertenencia.

Nunca olvidaré, siendo apenas un niño, la sensación que me recorría al llegar en coche a Málaga, mi tierra natal. Algo se me contraía en el pecho al ver aquel mar: una especie de latido, o reconocimiento. Aquella sensación era muy similar a lo que entiendo por la palabra namasté: un saludo ofrecido y recibido desde lo más profundo del alma.

Para mí, Málaga no era una bandera ni un terreno político bien definido, sino el olor de aquel mar, la humedad flotando en el aire y la sonoridad de un acento que me hacía sentir en casa. La ciudad de mis recuerdos apenas existe. El olor del mar, poco a poco, fue reemplazado por cristal, transatlánticos y hierro.

Hoy, mientras leo sobre el avance del acuerdo de paz en Gaza, aquella emoción que sentía de niño vuelve una y otra vez a mi mente. La peña en la que mi abuelo me recitaba a Lorca, con un mitad doble, ahora es una franquicia que sirve frappuccinos y preparados de té matcha, o tostas de aguacate y salmón. Aquel pequeño pueblo de pescadores —un campo de casitas blancas encaladas— se convirtió en una caricatura destinada a fortalecer el turismo.

Pese a las diferencias, y al hecho de que Málaga ha sido consumida por la gentrificación y no por la guerra, cada vez que leo nuevas noticias sobre el futuro de Palestina no puedo evitar que me recorra esa sensación de añoranza.

Son dos historias completamente distintas, pero ambas sujetas a los mismos mecanismos por los que opera el mundo: o adaptas tu tierra, o alguien se encargará de hacerlo sin tu permiso.

En los restos de este mundo casi distópico en el que nos ha tocado vivir, ¿cabe la posibilidad de que aquella tierra no acabe convertida en un resort yanqui o en una colonia israelí? ¿Recordará algún niño el olor de esa arena, distinta a cualquier otra en el mundo?

Tristemente, como la mayoría de las historias, lo más probable es que ninguno de los supervivientes tenga la posibilidad de volver a su hogar. Pero debemos alegrarnos, ¿no? Trump les ha traído la paz. Esa – que tristemente-  ya solo entendemos como poner en pausa una masacre.

Aunque la guerra termine, es improbable que la infancia de hoy pueda regresar algún día a las que fueron sus casas. Nadie conservará el aroma de aquella tierra: solo rascacielos, resorts y recuerdos cargados de pólvora.

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