El nombre de un orgullo

Orgullo

El Nieto de Jonás

En numerosas ocasiones, desde el activismo, nos encontramos con problemáticas tan enquistadas y polémicas que nos autoconvencemos de que lo mejor que podemos hacer es guardar silencio. Hablar da tanto miedo que, paradójicamente, sólo acaba haciéndolo el cuñado de turno.

Este año, el orgullo nos trae grandes y confusas novedades. Para algunas ha resultado sorprendente encontrarse a “amigas de la diversidad” levantando la bandera de la inclusión, mientras un coro de alegres niños entona el jingle de alguna franquicia médica especializada en transiciones.

Cuando falta financiación, nada mejor que hacerse amiga de un buen cirujano plástico que subsane la cuenta de resultados y alivie un poco el peso de décadas de lucha. Si te portas bien, además, te darán suficiente botox gratis como para que no te cueste fingir una gran sonrisa con la que disimular el hecho de que acabas de vender, por partes, todo aquello en lo que decías creer.

Quienes “entendemos”, siempre hemos sabido retraernos, evitar el conflicto y esperar a que pase la tormenta desde esa chaise longue incrustada en lo más profundo de nuestros acogedores armarios. No vaya a ser que nos acaben acusando de traición por dar argumentos al odio que emana desde las bancadas verdes.

Así que hoy, desde mi confortable sofá de terciopelo púrpura y bajo la protección de un seudónimo, seré yo quien, bien atrincherado, levante el dedo índice y señale la afrenta: hablar de infancias LGTBIQ+ no es un ejercicio de inclusión, sino una excusa para evitar enfrentaros a vuestro mayor miedo: la incertidumbre de no tener ni la más mínima idea sobre cómo acabarán nombrándose todas esas criaturas.

Si un niño pequeño te dice que es una niña, sólo te está diciendo que, en ese momento, es una niña. No te está diciendo que sea trans, no te está diciendo que sea cis, no está pensando en las vueltas que tú le darás: te está diciendo, simple y llanamente, que es una niña. Y si el género se convierte en su patio de recreo, que así sea, porque así es exactamente como debería haber sido para el resto.

Cuando defendéis la necesidad de etiquetar o —en el peor de los casos— intervenir médicamente a una criatura, no estáis siendo inclusivas, estáis impidiendo que esa personita explore el género por sí misma, dilapidando sus opciones y normativizando su cuerpo a golpe de bisturí. Cuando habláis del “género sentido a nivel biológico”, no estáis siendo transinclusivas, sino más existencialistas que la curia del Vaticano. Cuando buscáis medicalizar a une niñe, no abrazáis la diversidad, sino el miedo a una futura exclusión.

Nuestro mayor mérito, como colectivo, no reside en la apertura de nuevas tiendas en Chueca, ni en el surgimiento de esos caros cruceros para gays, sino en el hecho de —finalmente— empezar a nombrarnos. Ser nosotros, nosotras y nosotres quienes dibujemos los límites de la etiqueta que nos enuncia y dejar de ser un epígrafe siniestro dentro de un tomo de psiquiatría.

Solo tras tirar por el váter esa etiqueta de “paciente” que tan generosamente conceden los médicos, puede una empezar a nombrarse, vivirse y creerse. Así que este año, por el orgullo 2026, lanzaré un sencillo deseo al aire: que no convirtamos a familias e instituciones en la nueva clínica que nos pone un nombre.

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