Malo de culebrón

geopolítica

El Nieto de Jonás

Ya sea venezolano, español, turco o coreano, la mayoría de los culebrones, aka telenovelas, comparten un importante elemento en común: esos primeros planos largos, con música tensa, en los que puedes apreciar la mirada perversa de un villano caricaturesco que se frota las manos, como farlopero en after, tras haberle jodido la vida a los protagonistas de la historia.

Ese tipo de personajes, que —por lo general— nos provoca la irremediable pulsión de lanzar tentempiés, a modo de misil balístico, contra la pantalla, se ha convertido, de algún modo, en el receptor de nuestros votos fuera del universo guionizado de un programa de televisión.

Puede que la confusión se deba a que estamos habituados a que “el malo” sea una mujer de mediana edad, pelo oscuro, moño apretado y exceso de sombra de ojos negra. Es una confusión del todo comprensible: nunca antes nos habíamos enfrentado a un cerdo de color naranja fosforito y, como bien nos enseña la historia de Occidente de estos últimos 1.000 años, aquí el color de piel importa.

Al contrario que en esas series, en su mayoría escritas por hombres con un miedo patológico a cualquier mujer con más intelecto que una ameba, nuestros villanos no van en bloque. Cooperan, sí, pero cada uno tiene su propia agenda.

EE. UU. e Israel se preparan para las elecciones de este año, que esperan ganar a base de bombas y un gran recuento de ayatolás muertos; la mitad de los países del golfo Pérsico prefiere beneficiarse del rédito financiero de una buena economía al estilo yanqui antes que interponerse en su camino, y Turquía, pacientemente, aguarda un persistente bloqueo en el estrecho de Ormuz que aumente el valor de los recursos energéticos que mueve a través del corredor sur y del mar Caspio.

Es complicado mirar a la pantalla y preguntarle al compañero de sofá: “¿Y tú… con cuál vas?”, cuando resulta profundamente evidente que no estamos frente a un culebrón al uso, sino ante una vigésimo novena temporada de El juego del calamar, en la que no hay ni convivencia ni ánimo de diálogo, sino la esperanza de ser el primero en vaciar la cartera del muerto.

Más allá de los grandes problemas a los que nos enfrentamos, como el hecho de que algunos influencers occidentales, con residencia en Dubái, hayan descubierto que caen bombas en Oriente Medio, o la repentina escalada en el precio del bótox en los Emiratos, los últimos acontecimientos en materia geopolítica nos enseñan algo: que, al parecer, o no somos capaces de reconocer a un tirano, o somos demasiado cobardes para apuntar con el dedo en su dirección si el monstruo no forma parte de una trama de 34 episodios.

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