Tea party

té

El Nieto de Jonás

Ya hablemos de té negro, rojo, verde, azul o incluso blanco, es frecuente que —en Occidente— cometamos un par de errores bastante habituales a la hora de entender la infusión que se nos sirve en la taza.

La primera de estas confusiones es considerar que las diversas variedades de té proceden de plantas distintas, cuando todas ellas provienen de un mismo arbusto. Del mismo modo que no existen “razas” humanas —cuestión que aún muchos consideran sujeta a debate—, no hay distintas especies de té, sino diversos procesos de tratamiento que afectan directamente al sabor, color y efectos de la planta.

Para muchas, el paralelismo con la construcción de la identidad humana resultará más que evidente, por lo que quizás sea mejor —y más prudente— aparcar aquí el tema, antes de que algún iluminado de ultraderecha empiece a relatarnos el mítico origen de la planta de “English breakfast” o cómo El Cid Campeador cultivaba su propia variedad en algún campo de Castilla.

En segundo lugar, por no quedarme a medias, no todos los tés se preparan a la misma temperatura. Bañar un té verde japonés en agua hirviendo o cocerlo durante más de dos minutos solo dará como resultado una taza de agua sucia y amarga. Esta bebida, como la gente, tiene un aguante y una tolerancia muy específicos. Si les obligamos a tragar más allá de su aguante, inevitablemente la cosa acabará profundamente amarga, o incluso amargada. Con la geopolítica sucede algo similar. Ciertas potencias y naciones parecen haber olvidado que no son las únicas capaces de calentar agua o que toda acción acarrea consecuencias.

Este punto, crucial, parece haber sido… perezosamente olvidado. Queremos la taza, queremos la bebida, pero olvidamos de dónde viene, el proceso de fermentación por el que ha pasado o su temperatura de quiebre.

En este momento, en el que parece que no solo los discursos, sino incluso las principales alianzas geopolíticas han entrado en una profunda crisis, olvidando su historia, sus lazos políticos y económicos o incluso el arbusto del que salieron, quizás sea buena idea sentarse, respirar y —si no hablar, algo aparentemente imposible— al menos guardar silencio frente a una taza de té.

Queremos victoria, queremos reconocimiento, queremos orgullo nacional, pero olvidamos el coste de una bomba, el precio del odio y que, a veces, poner el agua a hervir no solo estropea una infusión, sino que cuesta millones de vidas.

Puede que de esta bebida milenaria no hayamos aprendido a parar guerras o a explicarle a determinados agentes estatales que la respuesta no siempre pasa por bañar una planta en agua hirviendo hasta destruirla por completo. Pero algo que sí aprendemos del té, y que quizás nos convenga recordar de cara a los próximos años, es que, en ocasiones, la respuesta para los problemas de Europa está en China.

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