Con el “orgullo”, al igual que con otros muchos palabros, de esos que guardamos en el bolso del activismo, nos toca hacer un profundo ejercicio de análisis, comprensión y, muy a menudo, deconstrucción.
Aunque el término, según la RAE, se refiera a “un sentimiento de satisfacción por los logros, capacidades o méritos propios”, a estas alturas del verbo ya deberíamos saber que nuestras honorables vocales y consonantes de la Real Academia viven la lengua desde un enfoque más cercano al de la arqueología forense que al de la antropología o cualquier otra forma de estudio centrada en aquello que sigue vivo.
Momias aparte, los conceptos no solo remiten a un origen etimológico o a un significado “puro”. Cuando hablamos de un “fascista”, en la actualidad no estamos pensando en un coleccionista de fascios, que en la antigua Roma venían a ser un grupo de varas de madera envueltas en tela roja. Lo mismo sucede con el orgullo: no es una celebración del mérito de nuestra mariconeidad —por mucho homenaje que merezca la pluma—, sino que nos recordamos, a nosotras y al resto, lo lejos que hemos llegado a pesar de todas las leyes, gritos, susurros y miradas de desprecio.
No creo necesario escribir nuevas columnas o explicaciones accesibles en torno a la importancia, relevancia o historia del orgullo. Las revueltas de Stonewall Inn, que tuvieron lugar en el año 1969, ya son más conocidas incluso que algunos de los principales hitos de la Guerra Civil española. La parte de sensibilización está hecha; quien quiere puede entender, comprender y aprender, y para los que no quieren: mucho ánimo cambiando el mundo, sin el mundo.
Así que, durante los renglones en blanco que me quedan, aprovecharé para extender una invitación a nuestras tan soberbias fiestas: no necesitas ser, para venir, solo saber que hay un sitio guardado para ti. Mis primeros años de orgullo fueron de autoconocimiento, reconocimiento y comunidad; durante los siguientes, fue un espacio que me enseñó lo que la libertad podía ofrecer a otras muchas personas.
Aquí va mi invitación: si te identificas como mujer, ya seas cis, trans, tengas 18 o 98 años, seas neocatecumenal, laica, musulmana, wiccana o incluso una TERF, aquí encontrarás algo que siempre has buscado, pero nunca hallaste.
Aunque algunos ayuntamientos representen nuestras fiestas con la misma identidad que esperarías de un lavadero de coches low cost perdido en una carretera secundaria de Huesca, hay algo que nos diferencia de cualquier otro tipo de fiesta o encuentro multitudinario. Si vienes al orgullo y se te acerca un hombre a bailar, lo más probable es que le parezca total el modo en que te has hecho la raya del ojo o te has encajado esas pestañas postizas. Si una mujer se te acerca, será porque le preocupa que el maromo de tu izquierda te esté incomodando y, si en algún momento te sientes en peligro, tenemos a drag queens con tacones más afilados que la espada de Nerón.
Así que, ya sea que nos odies, no nos entiendas o tengas una increíblemente enrevesada y loca teoría para explicarnos y camuflar tu galopante homofobia, estás completamente invitada, porque aquí sí que no excluimos a nadie.

