Existe algo catártico, casi reparador, en el hecho de pedirle a alguien que cierre la boca. A la mayoría nos enseñan que, como integrantes de un movimiento social o de una causa subalterna, lo que nos toca es ejercer la pedagogía y sensibilizar a todo aquel con el que nos crucemos: desde nuestra propia familia hasta el vecino del cuarto. La formación en diversidad de quienes nos rodean acaba convirtiéndose, de un modo u otro, en nuestra responsabilidad.
Comparto completamente un enfoque centrado en la cooperación y la formación, aunque hay situaciones concretas y momentos de la vida en los que, como decía mi tío psiquiatra, «lo que esa persona necesita es una buena hostia de realidad». Enfrentarte a miradas de incredulidad mientras sueltas una parida, o enrojecer de pura vergüenza mientras alguien te pide que pienses antes de hablar, pueden ser el mejor tipo de hostia en un proceso formativo.
Porque —demasiado a menudo— el eje de estas cuestiones no es la injusticia, sino la vergüenza. No consideramos que el problema sea cómo cada una de nuestras palabras delata homofobia, transfobia, capacitismo o racismo. Lo auténticamente insultante es ser llamados al orden. Que alguien, a través de su mirada o sus palabras, nos nombre como homófobos, tránsfobos, racistas y capacitistas. Porque lo que duele, por norma general, es ser obligados a ver nuestro propio reflejo.
Este es, precisamente, el caso del actor Quim Gutiérrez. No dudo de su calidad humana, pero, si alguien de su entorno cercano hubiese alzado la voz en el momento adecuado o señalado lo vergonzante de sus palabras, es bastante probable que nos hubiésemos podido ahorrar algunos de sus últimos ejercicios de bocachanclismo público.
No hablamos siquiera de una única declaración, sino de una acumulación constante de perlas con las que el actor en cuestión ha demostrado tener la misma sensibilidad que una Black and Decker taladrando yeso.
Todas sus declaraciones podrían ser muy fácilmente desmontadas. El actor confunde falta de profesionalidad con una ausencia de oportunidades laborales, mientras que trata la «discapacidad» como una suerte de categoría homogénea y no como una realidad que atraviesa la vida de millones de personas, de un modo u otro.
Pero, llegado a este punto, y tras semejante ejercicio de desvergonzada reincidencia, creo que la mejor ruta de acción pasa por seguir el consejo dado por mi tío y ofrecerle a Quim un pequeño consejo: «Cielo, aprovecha tu perfectamente funcional cuerpo para cerrar un poco la boca y leer al respecto. Porque, si esas frasecitas manidas son todo lo que tienes que aportar al mundo, harías mejor en ceñirte a lo que sí que sabes y seguir recitando guiones».

