El martes, 3 de febrero, el Ejecutivo anunciaba su intención de establecer una prohibición total en el acceso a las RRSS por parte de menores de 16 años. A este anuncio se sumaba la intención de tipificar como delito las alteraciones intencionadas del algoritmo en dichos espacios online.
Creo que, con el hecho de “prohibir” algo a determinados grupos de edad, muchas veces buscamos señalar el riesgo más que evitar la acción en sí. Volcamos -en quienes consideramos seres a medio hacer- nuestro miedo a un espacio, acción o práctica.
El problema con el acceso a discotecas, el carné de conducir o productos como el tabaco nunca ha sido la prohibición en sí, sino la falta absoluta de herramientas con las que evitar unas prácticas que consideramos “de riesgo”. Nos asusta poner a un menor al volante, permitirle comprar una cajetilla de cigarros o fumarse un porro, no vaya a perder un par de neuronas, pero —hasta el momento— no nos inquietaba tanto exponerles al flujo constante, insensibilizador y hostil de una serie de plataformas configuradas para esparcir discursos de odio o “vídeos revelación” sobre las razones por las que la Tierra es plana y Trump un mesías.
Quizás la gran diferencia entre el tabaco, el alcohol y cualquiera de las RRSS que usamos a diario es que las primeras son sustancias y la última, un espacio que —durante las últimas dos décadas— ha pasado a mediar todas nuestras conductas, dinámicas y relaciones sociales. En este punto, quizás el eje central no esté en las RRSS en sí. Los espacios no son seguros o peligrosos; el riesgo está en cómo se gestionan las realidades que los ocupan.
El algoritmo, por muy abstracto que nos suene, no es ni el ratoncito Pérez ni el Coco, sino un filtro a gran escala, modificable y muy susceptible de ser manipulado, pero, ante todo, una propiedad privada. Creo que la prohibición del uso de RRSS a menores no tiene como objetivo evitar que entren en X, sino, más bien, no dejar que toda su percepción de la realidad se construya en base a las aspiraciones maníacas de un astronauta frustrado, adicto a la keta, que no se corta a la hora de compartir su fervor por el neofascismo.
Este “motor” que, teóricamente, amplifica los resultados afines a nuestros intereses ha sido uno de los principales ejes de todo análisis geopolítico de la última década. Su manipulación, ya fuese desde dentro o como parte de una estrategia política, es un elemento esencial a la hora de entender acontecimientos clave como la invasión de Ucrania por parte de Rusia, el expansionismo sionista o las elecciones estadounidenses. El algoritmo no es solo un motor de búsqueda: es un arma política, y si ni siquiera contamos con herramientas suficientes para hacer entender que el sexo real no es como lo que se ve en Pornhub, mucho menos para combatir el control de un “espacio” cuyos ritmos, vías y caminos se han edificado a partir de los designios de un ególatra.
Las redes sociales han cambiado completamente nuestra forma de relacionarnos, y eso puede ser inevitable, pero, ya que parecemos virtualmente incapaces de prevenir las violencias y los bulos que día tras día se vuelcan en sus feeds, lo único que nos queda es alzar un dedo en dirección a la pantalla y advertir: “Ten cuidado con esa red, cielo, no vaya a ser que acabes enmarañado”.

