«¿Qué necesidad tiene? Si se le tiran encima a la más mínima» o «eso lo dicen para tener su minuto de gloria en televisión, pero… le van a destrozar la vida».
Cada vez que un caso de agresión sexual o violencia de género se hace público, nos toca enfrentarnos, una vez más, a estas declaraciones que —desgraciadamente— se repiten más veces que la canción Mi gran noche un sábado de madrugada en Chueca.
Hace menos de dos meses nos indignábamos ante los resultados de un estudio que reflejaba la “inconsciencia” de la generación Z en torno a la historia del fascismo en Europa. Es muy fácil detectar los problemas ideológicos de “las nuevas generaciones”, hablar sin pelos en la lengua sobre el modo en que una tiktoker radicaliza a nuestras jóvenes, las lleva al terraplanismo o les hace creer en alguna basura antivacunas.
Algo más difícil es reconocer dónde estábamos todas nosotras cuando, hace una década, se hablaba en la mayoría de parrillas televisivas —y con clara burla— de «una pretenciosa socialité de Manila, llamada Isabel, que fue criada para satisfacer a hombres y saber si un puro cubano era lo suficientemente bueno con solo escuchar el modo en que crujía al tocarlo». Entre burlas y mofas, no dejaba de escucharse la palabra “cazafortunas”. Eso sí, a nosotras nadie necesitó radicalizarnos a través de TikTok: nuestra misoginia ya la traíamos de casa.
Cada vez que “sale” un nuevo caso de violencia sexual o de agresiones, sistemáticamente pasamos a hablar de las víctimas, de la legitimidad de sus testimonios o de «¿cómo hemos tardado tanto en verlo?». Creo que la respuesta a esa pregunta está también bastante clara: a nosotras nadie nos enseñó a elegir puros cubanos, aunque sí que nos formaron extraordinariamente bien en el arte de elegir la venda más adecuada con la que taparnos los ojos.
Creo que hoy debería ser un día de celebración para el movimiento feminista. Porque lo que otras muchas comentaban entre susurros, pero —quizá— no podían nombrar, hoy nuestras jóvenes lo gritan abiertamente, no solo en las calles o durante el 8M, sino todos los días del año.
Millones de mujeres que aprendieron de las que vinieron antes y que, antes incluso de cumplir los veinte años, ya entendían que la responsabilidad afectiva importa, que la violencia de género no es un bulo, que las agresiones sexuales también se dan dentro de una pareja —aunque el tipo sea tu novio o tu marido— y que los guapos, por mucho que en ocasiones nos cueste comprenderlo, también violan.

