Aunque hoy en día defendamos valores como la “deportividad” o el “espíritu de equipo”, la historia del deporte está plagada de ejemplos en los que la violencia era una parte fundamental del “juego”. No puedo decir que sea un gran seguidor de los principales eventos deportivos, aunque —como la mayoría — de vez en cuando soy capaz de identificar un buen partido a simple vista.
Desde el juego de pelota mesoamericano —antepasado directo del fútbol, que podía llegar a acabar con el sacrificio del capitán del equipo perdedor—, hasta las luchas de cuadrigas, la sanguinaria versión romana de la Fórmula 1, la historia del “juego” está repleta de cuerpos aplastados y extremidades voladoras. En la mayoría de deportes, el juego no consistía únicamente en ganar, sino en lograr que el rival acabase derrotado y sin posibilidad de recuperación.
El miércoles 22 de octubre se celebraba una nueva sesión de control en el Congreso de los Diputados. Este deporte, practicado en traje de dos piezas, podría considerarse uno de los ejercicios más violentos del tablero de juego democrático. Con un claro antecedente en la lucha de gladiadores, nos encontramos frente a un grupo de representantes de la política dispuesto a sacar sangre. Con el tiempo hemos aprendido a ser más moderadas, por lo que redujimos la arena a la mitad: ya no se matan en un coliseo, sino que se degüellan en un hemiciclo.
Estos esclavos de la democracia no tienen permitido el uso de espadas, navajas u otras armas blancas, pero de la carencia surge la creatividad y estos guerreros están especialmente curtidos en el ataque a través de la palabra. No es necesario empuñar un arma cuando eres capaz de destruir a tu oponente con el filo de tu lengua.
Durante la sesión debían abordarse cuestiones importantes, como la violencia de género, la reforma de infraestructuras y redes de transportes, o la terrible negligencia que ha expuesto a miles de mujeres a un mal diagnóstico de cáncer de mama. Pero ninguna de estas cuestiones será noticia: solo trascenderán la lengua más hiriente y la herida mejor perpetrada.
Tras cada partido surge una única pregunta, capaz de resumir todo el juego: ¿Quién ha ganado? En esta ocasión no lo tengo claro. Seguramente los forofos de cada una de las partes sientan que su “facción” ha logrado cierta victoria sobre el adversario. Apoyes a quien apoyes, lo que está claro es que, en este combate de egos hay demasiado partido para tan poco patriota; y quienes saldremos perdiendo, como siempre, seguiremos siendo la ciudadanía.

