Hace siglos, en alguna corte extranjera —presumiblemente europea—, un cortesano debió notar lo eficaz que podía ser un buen chillido como estrategia, como bomba de humo. Entre el caos, la confusión y esos cuellos cotillas, doblados en ángulos imposibles al más puro estilo “señora del visillo”, era más fácil recalibrar una buena trayectoria de acción. En el silencio hay diálogo y escucha; en el ruido, solo confusión.
Este miércoles, el fiscal general del Estado, Álvaro García Ortiz, ha tenido que declarar ante el Tribunal Supremo, acusado de haber filtrado —presuntamente— un correo electrónico de Alberto González Amador, pareja de la presidenta madrileña. La batalla ha sido espeluznante. Su efecto en la opinión pública, una ocasión más para dividir y polarizar a la ciudadanía.
El mundo ha cambiado bastante en unas pocas décadas. Antes, la prensa ocupaba la octava planta, mientras que las gentes grises de la comunicación —a fin de cuentas, el negocio de la imagen de marca— convivían con los archivos en algún semisótano mal iluminado. Ahora el asesor de imagen controla el escenario desde el penthouse, mientras laos «plumillas» se pelean por publicar sus crónicas. Por lograr rincón en cualquier medio digital que les permita evitar las largas colas del paro.
Este cambio de paradigma no solo revela una mayor preocupación y profesionalización del negocio de la imagen, también denota las claras diferencias entre oficio y arte marcial. En un oficio, una serie de habilidades específicas y conocimientos se transmiten para asegurar un ejercicio laboral —o creativo— estable. Pero cuando dichas habilidades se centran en el ataque, la defensa y el contraataque, no estamos hablando de una labor, sino de una técnica de combate.
La comunicación, al igual que cualquier otra forma de lucha libre, cuenta con algunos golpes básicos, entre los que destacan la desacreditación sistemática del adversario o la creación de narrativas alternativas —aka bulos—. Pero una de sus técnicas de ataque más efectivas —heredada de la propaganda nazi y de nuestro anónimo cortesano— consiste en la transformación del mensaje en ruido.
Cuando logras que doscientas voces repitan, a voz en grito, unos mismos eslóganes copiados y pegados de un mismo argumentario, no solo distorsionas la realidad: también silencias a todas aquellas que no deseas que sean escuchadas.
Cuando logras retorcer la realidad hasta que el problema deja de ser el crimen perpetrado y el foco pasa a centrarse en la fuente del periodista que revela tus malas obras, solo se te puede definir con dos palabras: confabulador y mentiroso. El ruido suele ser efectivo: cuando alguien está demasiado ocupado tapándose los oídos para escapar de tus gritos. Es poco probable que note el terrible hedor a corrupción que emana de cada palabra.

