Esperando a Godot

movilidad reducida

Jorge Fernandez-Bermejo

Gregorio aún en bata (se acababa de levantar) abrió el frigo. Efectivamente estaba más vacío que el desierto del Sahara. Se vistió con desgana y salió de casa, algo tenía que comer. Tuvo suerte, era jueves y reponían el pescado en el súper del barrio. Al ir a pagar el importe, el cajero le retuvo la compra y Gregorio se extrañó. Al parecer había que hacer una comprobación, su compra quedaba paralizada hasta nueva orden, ya le avisarían, etc. Fue al estanco como terapia para vencer su estupefacción, quería fumarse un cigarro. Idéntico resultado, no se lo podía creer, el empleado hasta le citó el Reglamento X Y Z, y le leyó un bello pasaje…no sigo.

Este inicio de historia ficticia (bueno, no tanto) sirve de preámbulo para hablarles de otra cosa. Es como cuando de niño no querías bañarte y te engañaban preguntándote por la película que habías visto el día anterior, y de pronto, desnudo e impotente llorabas al pensar: “me ha vuelto a engañar”.

A ver, voy al grano: tengo movilidad reducida y pertenezco a ese gremio identificado con las siglas PMR. También soy un apasionado de la música, y hasta he escalado (cuando podía, y metafóricamente, claro) el monte Kobeta para ver a Pearl Jam. Lamentablemente mi movilidad ha empeorado, y tengo más dificultades, los desplazamientos largos los realizo en scooter y necesito estar tranquilo en una plataforma para disfrutar los conciertos. Esta semana intenté hacerme con una entrada para ir a un concierto, el filtro era rellenar un cuestionario aportando tu tarjeta de discapacidad. Lo veo lógico. Luego te adjuntarían un link para efectuar la compra. Lo que ya no es tan lógico es que no haya habido comunicación alguna. He tenido que mandar otro correo para pedir premura, porque lógicamente el que escribe tiene el mismo derecho que cualquier persona apasionada por la música (con independencia de su credo, raza, discapacidad, sexo o aficiones culinarias) a tener la entrada.

No hay derecho a este impasse y a una incertidumbre que no merezco, que nadie merece. De ahí que esté de brazos cruzados (bueno, he podido hacerme la comida, porque afortunadamente en el súper de mi barrio no me han retenido el chuletón) esperando a Godot.

Me parece muy plausible la intención de controlar, porque efectivamente evita fraudes, medias verdades, y la condición humana es muy dada a saltarse a la torera las normas sin escrúpulos. Aún más, créanme, en el campo de la discapacidad, etiqueta que también discutiremos ampliamente; hoy no hay fuerzas. Esa garantía o filtro debe ir acompañada de agilidad y certeza. Tengo el mismo derecho -o más, porque soy más guapo-, a tener esa entrada el mismo día que la compro, como la persona sin PMR que cuelga orgullosa en su Instagram la caza de tan valioso trofeo. Unas horas, o hasta un día. Perfecto, esperamos, hay que verificar. Pero tampoco hay que consultar antecedentes penales al FBI. Mientras tanto, pues eso. Aquí sigo esperando a Godot, aunque mientras me zampé un chuletón.

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