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La solidaridad sienta bien

Por José Luis Arco

A partir de cierta edad, las personas somos conscientes y conocedoras, en mayor o menor medida, de los problemas de pobreza, racismo, xenofobia, abandono, soledad, negligencia, violencia de género o delitos medioambientales que limitan nuestro bienestar individual y colectivo. 

A partir de cierta edad, muchas comienzan a sospechar que estos problemas y necesidades avanzan a un ritmo mayor que nuestro conocimiento, nuestra capacidad y quizás nuestra voluntad para aplicar soluciones políticas, económicas o educativas eficaces. 

Este descubrimiento puede provocar sentimientos de infelicidad e incluso de indefensión, lo cual puede conducir a cierta frustración, estrés, ansiedad. Incluso al “sálvese quien pueda”. 

Curiosamente, en nuestra sociedad, encontramos personas que frente a esas realidades reaccionan de manera completamente diferente. No sólo manifiestan su deseo de que se atiendan adecuadamente y se solucionen los problemas, además están dispuestas a formar parte de esa solución poniendo en marcha iniciativas y acciones solidarias dirigidas a contrarrestar las causas que los generan. 

Aunque no está del todo claro las prácticas de crianza que sirven de nexo entre el pensar-sentirse solidario y decir-practicar la solidaridad, sabemos que las personas que actúan de manera solidaria, no sólo contribuyen a transformar su realidad inmediata sino que también experimentan beneficios emocionales, cognitivos y sociales muy valiosos con los que desarrollan una mayor confianza en sí mismas, un mejor conocimiento de su entorno, y, finalmente y más importante, una mayor autoestima.

Afortunadamente -de esto sí tenemos seguridad- nuestra sociedad ha desarrollado distintos mecanismos que actúan como catalizadores eficaces para conseguir que en un mismo proceso tenga lugar una transformación social y personal. Uno de esos mecanismos es el voluntariado. Pasar a la acción es el siguiente paso. Sólo te resta unirte.

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