Hace unos días, tras una cena tardía en casa de un familiar, decidí coger un taxi para volver a casa. Esa noche se habían filtrado algunas novedades sobre el caso Cerdán, lo que llevó a que la conversación con el taxista adquiriese —muy rápidamente— tintes políticos. Entre críticas a Ayuso y a la progresiva privatización del sistema sanitario, el diálogo se transformó en una “rajada” en toda regla.
“Pero Carmena era igual… Me parece fatal lo de colgar la bandera esa del Orgullo en el Ayuntamiento. ¿O es que aquí todos somos gays?” Este último comentario debió tener un impacto directo en mi lenguaje corporal, porque lo siguió un “Pero que yo no tengo nada en contra de ellos, ¿eh?”.
Creo que ese último latigazo, de los creadores de “No soy homófobo, tengo amigos gays”, marcó el final de mi participación en el diálogo. No porque no tuviese una réplica, sino porque ya lo único que quería era llegar a casa.
Constantemente invitamos a alzar la voz, visibilizar y reivindicar la diversidad, aunque se nos olvida mencionar que es probable que dicha bandera te provoque un terrible caso de codo de tenista.
El activismo no te transforma en héroe, solo en alguien que aspira a una vida mejor. En muchas ocasiones, el hecho de que esa “bandera simbólica” se materialice en un trapo —colgado, por ejemplo, de la balaustrada de un ayuntamiento— nos ayuda a aliviar parte de la tensión acumulada durante años en los tendones.
No, no todas sois LGTBIQ+, pero nunca se os ha prohibido establecer un proyecto vital con otra persona; no os han gritado “¡Hetero!” por la calle, ni os han dado una paliza por decidir que queréis amar fuera de los límites de una habitación con las cortinas cerradas.
Cuando siempre has sido visto y esperado, no necesitas un estandarte: el mundo es tu bandera. Son los derechos del resto —de aquellos que podemos casarnos desde hace poco más de 20 años— los que, a menudo, son puestos en duda, cuestionados e incluso olvidados.

