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Cómo afrontar la muerte de un ser querido

  • La comunidad sanitaria asegura que no hay un tiempo estándar para asumir la pérdida de una persona querida, pero conviene vigilar que el dolor no se vuelva patológico.

Por Irene Ortiz

El recuerdo íntegro y su estancia también. Limpia y ordenada. Los libros, aunque ya nadie los lea, siguen sobre la estantería; las paredes color rosa pastel, aunque ya nadie las mira, siguen reflejando la luz, y los peluches, aunque ya nadie los abrace, siguen sobre la cama. María ya no está, pero su madre Carmen mantiene su habitación intacta como si todavía estuviese allí.

Carmen Hurtado perdió a su hija María hace 11 años. La pequeña, que tenía Síndrome de Down, sufrió una leucemia que acabó con su vida a la temprana edad de 16 años. “Adaptarse a la pérdida en sí no consiste en volver a ser feliz sin ella, adaptarse a la pérdida es aprender a vivir sin su presencia”, reconoce a la vez que refuerza la idea de que una muerte nunca se supera.

Asumir que esa persona ya no está, que no la volverás a ver ni abrazar, perder manías y tradiciones y acostumbrarse al silencio que deja requiere de mucho tiempo, paciencia y esfuerzo. Según determinan profesionales de la psicología y sanitarios, no hay un tiempo preestablecido de duración del duelo, pues cada proceso es un mundo. Son varios los factores que influyen, como, por ejemplo, la relación con la persona fallecida, las circunstancias de la pérdida, las creencias socioculturales y personales, así como la capacidad individual para afrontarlo.

Hoy en día, ya no se habla de fases ni de tiempos, sino de una montaña rusa de emociones que vienen y van. En este sentido, Carmen Yélamos, responsable de Psicología de la Asociación Española Contra el Cáncer (AECC) determina que, en muchos casos, “la intensidad del dolor o el sufrimiento tiende a disminuir con el tiempo, pero es común experimentar altibajos emocionales y, ocasionalmente, el dolor puede resurgir en fechas significativas, aniversarios o momentos especiales”.

Guillermo Fouce, doctor en Psicología y presidente de Psicología Sin Fronteras, lo explica con un claro ejemplo: “El duelo es como atravesar un túnel. En ese túnel hay muchos recorridos en los que a veces nos apetece estar con luces, a veces a oscuras, otras llorando, otras riendo… y la risa y el recuerdo positivo de quien has perdido también puede estar ahí”. Sin embargo, según especifica, si el duelo se enfoca mal, puede derivar en una patología. “No se sigue tanto el criterio del tiempo pasado, sino de la disfuncionalidad con tu vida normal. Si las sensaciones y lo que te está pasando te impide tener un trabajo normal, tener relaciones normales y poder seguir adelante, entonces surge el problema”.

La importancia de hablar y educar

Vivimos en una sociedad que tiene miedo a hablar de la muerte, o como lo llaman en Psicología, una “sociedad tanatofóbica”. La muerte es una certeza que aterra; un dolor irremediable, una incertidumbre. “La dictadura del positivismo” -como denomina Fouce- en la que vivimos, nos aleja de la tristeza, del llanto y de sentirnos mal y, en casos como estos, nos hace buscar atajos para paliar el dolor. Como puede ser la medicación que, “a corto plazo es buena, pero no a largo plazo”, especifica Guillermo Fouce.

Los dos años en los que María estuvo ingresada en el hospital, Carmen necesitó de ayuda psicológica y psiquiátrica para afrontar la enfermedad de su hija y su pérdida posterior. “No podía soportar ver a mi hija sufrir”, dice con la mirada vaga en el recuerdo. Necesitó de un tratamiento antidepresivo que fue retirando al tercer año -tras su muerte- gracias a la ayuda espiritual.

“A través de terapias para el alma, aprendí a meditar y, el sentir que su alma -el de su hija- estaba en contacto conmigo, me ayudó muchísimo”, relata con una sonrisa. Luego, añade: “También me ayudó mucho seguir hablando de ella y, sobre todo, darle sentido a esos años vividos y a la muerte”. Avivar el recuerdo y dejar que fluya, aceptando todas las emociones, es clave, como aseguran Guillermo Fouce y Carmen Yélamos, para afrontar de manera saludable un duelo.

La escucha activa y el apoyo incondicional | Fuente: Pexels

“Buscar apoyo en otras personas -ya sean profesionales o familiares- y compartir sentimientos y experiencias también puede ser reconfortante”, apunta la psicóloga de la AECC. Carmen Hurtado, de hecho, durante un tiempo estuvo asistiendo a terapias de grupo en la Asociación Alhelí de Málaga. “Hacíamos ‘El Café de la Muerte’ en el que hablábamos abiertamente, sin tapujos, sobre la muerte como algo normal en nuestra vida. Nos hacía verlo con otra perspectiva, no desde la tristeza pensando en que va a llegar, sino con la alegría de aprovechar cada momento de la vida y estar preparadas para cuando llegue el momento”, relata.

Educar por la muerte

Tanto Guillermo Fouce como Carmen Yélamos inciden en la importancia de educar por la muerte. Desde ambas organizaciones realizan intervenciones en colegios para hablar de la muerte con menores y docentes, y para que aprendan a tener un concepto de esta sin prejuicios ni miedos. En la AECC, trabajan en ello desde un programa denominado ‘Psicopedagogía de la vida y la muerte’.

“Al educar en este sentido, se facilita una mejor comprensión del proceso de duelo y cómo afecta a las personas, con lo que se puede ayudar a afrontar la pérdida de manera más saludable. Sin embargo, es importante abordar este tema con sensibilidad, adaptando la educación y las pautas sobre la muerte a las diferentes edades, contextos culturales y creencias”, especifica Yélamos.

Las personas voluntarias que acompañan a otras en su proceso de duelo necesitan también de esa formación, pues, “el voluntariado es también una fuente clave para hablar y educar en la muerte”, expresa Fouce. “Hay que formarse en el acompañamiento, eliminando frases inútiles que muchas veces usamos tipo: “a todos nos pasa” o “tranquila, no llores”. Hay que permitir que la gente exprese, cuente, manifieste su dolor… que lleve su ritmo y no el mío”.

De otro lado, Yélamos opina que el voluntariado no tiene por qué tener “completamente asumida la muerte para brindar ayuda”, pero sí que son imprescindibles habilidades de comunicación como la empatía, la compasión y una capacidad de escucha activa.

Encontrar el sentido

Decir adiós no es tarea fácil. Pero, tener esa despedida, también es una ayuda a posteriori. Yélamos lo confirma. Cuando se lo decían a Carmen en el hospital, no era capaz de entenderlo después del sufrimiento diario. Una vez acabó todo, lo comprendió: “Poder decirle a la persona que se está yendo cuánto la quieres, pedirle perdón, darle las gracias por todo lo que habéis vivido… ayuda muchísimo a hacer mejor el duelo”.

Después, ya solo queda buscar y encontrar, de nuevo, el sentido de la vida. “Hay que ser conscientes de que nada vuelve a ser igual”, remarca Fouce. “Se habla de que el duelo está superado, aunque nunca vuelve a ser exactamente igual, cuando puedes volver a amar, a proyectar, a hacer cosas acompañándote de ese duelo, de ese recuerdo, pero hacia otros sitios”, señala.

Carmen dice volver a encontrar el sentido a su vida en su trabajo. Ella trabaja con pacientes oncológicos en un hospital de Málaga, y la enfermedad de su hija le enseñó a ser “mejor sanitaria”. “Les enseño todo lo que yo no he sabido hacer durante el proceso de mi hija; a enfrentarse a la impaciencia, la desesperación, el miedo… les enseño y les ayudo a vivir el día a día”, explica.

La luz que dejó María en su partida ahora florece a través de la sonrisa de su madre y el corazón de otras personas enfermas en el hospital. Carmen la sigue echando de menos día a día, pero el convencimiento de estar conectada a su alma, le permite avanzar. El duelo, concluye, no es más que otra experiencia: “Cuando das sentido a tu vida a raíz de algo que has aprendido, la conviertes en un cajón de experiencias con el que tienes el poder de dar sentido a todo lo demás”.

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