«No es fácil estar a los 27 años repitiendo ‘A, E, I, O, U’», confiesa MariaLú Torres. Lo hace ahora, con 34, cuando ya acepta su tartamudez, calificada como «severa» y unida a tics. «Durante muchos años me avergonzaba de ello. Pensaba que era tonta, que no iba a ser nada en la vida. Me preguntaba: ‘¿Por qué no puedo hablar como los otros niños?’. Llegué a tener rabia contra la sociedad y contra mí misma», expresa esta colombiana.
Según la Fundación Española de la Tartamudez (TTM), en el mundo hay 72 millones de personas que tartamudean. En España, alrededor del 2% de las personas adultas y el 5% de escolares lo hacen, lo que se traduce en aproximadamente 467.000 personas. Sin embargo, no todas lo hacen de la misma forma: hay quienes repiten sílabas, otras alargan los sonidos y otras que tienen bloqueos mientras hablan.
Esconder la tartamudez
Los primeros recuerdos de MariaLú se remontan a las reuniones familiares durante las que se leían textos religiosos: «Me di cuenta de que yo lo hacía diferente a mis primos. Cuando me tocaba leer, me escondía. Al final, decidí que no iba a hablar más y le di mi voz a mi familia para que ellos hablaran por mí«. Sin embargo, en casa contaba con el apoyo de su familia, pero en otros espacios como el colegio la situación era «insoportable».
A los 18 años, cuando quiso obtener el carné de conducir, también sufrió discriminación: «Casi no me dan la licencia porque decían que mi tartamudez influía a la hora de conducir». En la universidad, un profesor le dijo que «no iba a conseguir nada sola» y, unos años después, tras licenciarse en Administración de empresas, ninguna empresa la quería contratar para realizar prácticas.
Ante todo ello, MariaLú solo se expresaba de dos formas: a través de la poesía y la danza clásica. «Escribía poemas hablando de lo incomprendida y sola que me sentía y el baile fue el lenguaje de mi tartamudez. No quería ir al colegio, pero sí a danza. La expresión corporal que desarrollé me ha ayudado mucho a la hora de hablar ahora en público«, expresa.

En una situación similar se encontraba el chileno Eduardo Guzmán, de 41 años, que también refiere «alguna situación de bullying en el colegio», pero matiza que se hizo «muy hábil» escondiendo su tartamudez: «Desarrollé tácticas para que no se notara», explica.
Admite haberse sentido «incómodo» por su forma de hablar y, en consecuencia, «condicionado». «Me limité en muchas cosas que quería hacer porque me daba vergüenza. Me perdí muchas fiestas porque me daba miedo socializar, me costó mucho demostrar lo que sabía hacer en el trabajo…», enumera. A día de hoy sigue sintiendo miedo y vergüenza ante situaciones como ir a comprar o pedir algo en un restaurante, pero, así como asegura, «lo hace igualmente».
Factores que influyen en el lenguaje
Las causas de la también denominada disfemia no han sido todavía determinadas con certeza. Sin embargo, tal y como expone la Asociación Estadounidense del Habla, el Lenguaje y la Audición (ASHA por sus siglas en inglés), esta afectación del habla comienza generalmente en la infancia, en concreto, entre los 2 y 5 años. En cuanto a género, la Fundación Americana de la Tartamudez (The Stuttering Foundation) detalla que esta afecta de tres a cuatro veces más a varones que a mujeres.
No obstante, la logopeda y psicóloga Leticia Urresti apunta que existen factores que pueden influir en la aparición de este trastorno del habla: genéticos, ya que la tartamudez tiende a presentarse en familias; neurológicos, debido a que se han encontrado algunas diferencias en la actividad cerebral de las personas que tartamudean; del desarrollo del lenguaje, tiende a aparecer cuando la persona está desarrollando rápidamente sus habilidades lingüísticas; y ambientales o emocionales, como situaciones de estrés, presión o expectativas altas, los cuales, aunque no son la causa directa, pueden agravar los síntomas.
Diagnóstico temprano y tratamiento, claves para una mejoría
El diagnóstico lo realizan profesionales especializados o logopedas mediante una evaluación completa del habla. Según Urresti, deben observarse diversos criterios: la frecuencia y el tipo de disfluencias (repeticiones, bloqueos, prolongaciones), la duración de estos episodios y la severidad o el impacto en la comunicación diaria de la persona. “A veces también se pueden utilizar herramientas estandarizadas o grabaciones para observar la fluidez en diferentes contextos”, añade esta profesional.
Respecto al tratamiento, Urresti puntualiza que depende de la edad de la persona, la severidad y sus necesidades particulares. La logopeda alude a que lo principal es llevar a cabo una terapia del habla donde se trabajen técnicas para mejorar la fluidez y reducir la tensión, como el control de la respiración, la reducción de la velocidad y la modulación. Además, se puede trabajar la ansiedad asociada al habla y cambiar los patrones de pensamiento negativos o utilizar dispositivos electrónicos que modifiquen la retroalimentación auditiva para mejorar la fluidez.
“La tartamudez puede mejorar o incluso desaparecer en algunos niños sin intervención, especialmente si se trata de una tartamudez leve del desarrollo. En adultos no suele desaparecer, pero con tratamiento adecuado se puede manejar de manera efectiva para reducir su impacto en la vida diaria. La detección temprana y el tratamiento aumentan las posibilidades de mejoría”, apostilla Urresti.
Exponerse al miedo
Un aspecto en el que coinciden MariaLú y Eduardo es que para vencer al miedo hay que exponerse a él. “En 2015 decidí apuntarme a una clase de hablar en público y, junto al trabajo con las logopedas, esto me fue devolviendo la confianza y el amor propio. Comencé haciendo pequeños discursos para mi familia y en 2018, el día de mi 28 cumpleaños, subí mi primer vídeo a redes sociales. Una mujer de una empresa me dijo de hablar sobre asesoría de imagen y contar mi historia. A partir de ahí, he seguido creando contenido y ayudando a mujeres a amarse y sentirse seguras«, explica MariaLú.
Actualmente, MariaLú es asesora y coah de imagen empresarial, mentora de oratoria; tiene un podcast y 12.000 personas la siguen y la escuchan en Instagram.
Para las personas que se sienten como una vez ella se sintió, tiene un mensaje: “Que partan de su amor propio y acepten su tartamudez. Es algo que te hace único, ¿por qué avergonzarse de ello? Que se miren frente al espejo y se hablen sin apartar la mirada. Respondamos a la sociedad con amor”.
Eduardo también experimentó un proceso de transformación interior que quiso trasladarlo y hacer activismo sobre la tartamudez. Así, comenzó a compartir en redes sociales “contenido educativo mezclado con dramatización y humor”. De esta manera, en su perfil se pueden encontrar desde vídeos didácticos hasta vídeos parodiando cómo se siente una persona que tartamudea.

Ahora es influencer -además de psicólogo- con más de 54.000 seguidores en Instagram y 255.000 en TikTok. Durante su trayectoria ha impartido una charla TED y ha publicado un libro autobiográfico, Cómo dejar de tartamudear (y morir en el intento), en el que expone cómo este trastorno del habla ha impactado en su vida y cómo pasó de verlo como una debilidad a una fortaleza.
Escuchar y no completar sus frases
Con frecuencia la persona que escucha a alguien que tartamudea no sabe bien cómo actuar. Esta incertidumbre suele llevar a evadir la mirada, interrumpir, sugerir palabras o completarle directamente las frases. «Cuando alguien te completa la palabra, hay que decirle que no hace falta, que solo necesitas tiempo. Lo único que hay que hacer es escuchar con atención, empatía y respeto. No apurar, no decirle que se relaje, que respire ni se tranquilice. No es algo que se produzca por nervios o ansias, es algo neurológico. Y no poner caras extrañas ni desviar la mirada, porque te hace sentir muy incómodo», añade Eduardo.
La logopeda Urresti resume estas recomendaciones: «Escuchar atentamente sin interrumpir ni intentar completar las frases por ellos, mantener el contacto visual; evitar comentarios o reacciones que puedan hacer que la persona se sienta más incómoda o cohibida y crear un ambiente de confianza y apoyo, donde la persona no sienta presión por hablar de manera fluida». A todo ello, añade: «Y, lo más importante, mostrar interés en lo que dice, no en cómo lo dice».

