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«El teatro tiene el poder de dar voz»

Con la vuelta al cole todavía reciente, el director, actor y autor teatral Gerard Clúa nos recibe para hablarnos de su participación en el proyecto socioeducativo Escuela de Paz, que integra en toda su programación la educación en valores y para la paz a través de distintas actividades. Entre ellas se encuentra el teatro de emociones, impartido por el propio Clúa desde hace más de siete años.
Gerard Clúa

Por Elena Crimental

«El arte es una gran herramienta para generar comunidad y fomentar la convivencia pacífica, en especial entre la población más joven». Eso es lo que afirma Gerard Clúa, un amante del teatro de 41 años que transmite un enorme cariño por su profesión y por sus «chavales». En la actualidad, compagina su labor en las tablas como gerente de la sala alternativa La Escalera de Jacob, con el profesorado en Escuela de Paz, donde comenzó como voluntario.

Desde Movimiento por la Paz cuentan con este espacio de formación, sensibilización, convivencia y motivación situado en el madrileño barrio de Vallecas. Aunque el proyecto va dirigido a menores de entre 6 y 18 años, las familias también forman parte de las diversas actividades teatrales desarrolladas por Clúa, quien se emociona cuando habla de su trabajo en el centro y de cómo el alumnado quiere seguir trabajando con él año tras año: «Los conozco desde ‘peques’ y que quieran continuar es maravilloso». Además, destaca la importante labor de las personas voluntarias, que son quienes han hecho posible la creación de «una comunidad».

Llevas desde 2015 colaborando en Escuela de Paz, pero ¿cómo empiezas a ser voluntario allí? ¿Habías hecho voluntariado antes?

Un día, a través de un amigo, se puso en contacto conmigo una chica que me dijo: «me parece muy guay lo que hacéis y quiero ver de qué manera podemos colaborar». Me propuso impartir clases de teatro a chavales, así que dije que sí porque me parecía muy interesante el tema del voluntariado, ya que consiste en aportar un poco de lo que uno sabe para otras personas que lo necesitan. Hasta entonces nunca había hecho voluntariado de esa manera, aunque sí había participado en actividades en la calle o que utilizaban el teatro como reivindicación.

¿Cómo fue tu primera toma de contacto con este tipo de voluntariado?

Al aceptar puse mis condiciones porque a través del teatro trabajo siempre las emociones. Me gusta escuchar las necesidades de jóvenes, no solo juntarles para montar una obra. El primer año fue difícil, porque todavía te están conociendo. También noté que, pese a que ellos se lo pasaban bien, desde las familias no terminaban de entender qué aportaba el teatro. A nivel social también ocurre que se ve el teatro como algo un poco innecesario, pero creo que la cultura tiene un poder maravilloso para atravesarte.

Por eso decidí que hiciésemos una representación de tres minutos en la plaza, trabajando cómo ve la juventud qué es la familia. Juntamos ese prisma con los derechos de menores y adolescentes y quedó una pieza muy bonita, que terminaba rompiendo la cuarta pared y acercándose a sus padres. Fue mágico, veías a todo el mundo llorando, hubo una catarsis increíble. Al final el teatro te hace preguntas, te zarandea y eso es lo que significa la cultura. Gracias a aquello las familias comprendieron el poder del teatro. Pero todo fue posible gracias a que Escuela de Paz ha entendido muy bien mi proyecto, y yo el suyo, y eso es muy bonito porque ya me muevo allí como en mi casa.

A nivel personal, ¿qué te ha aportado empezar a trabajar con jóvenes y ver cómo el teatro les está ayudando?

Para mí implica aprender constantemente. También ha supuesto verlo desde otro lugar totalmente distinto. Porque es cíclico: cuando trabajas con jóvenes te das cuenta de lo que están pasando porque te identificas con ello. Por eso para mí es un lugar maravilloso para hacer sociedad.

Creo que el voluntariado tiene que nacer de uno mismo, y no tiene que partir de que uno quiera ayudar a otro. Debes querer conectar con tu sociedad, considero que el voluntariado permite precisamente eso.

Hablabas del poder del arte en general, pero ¿cómo ayuda el teatro en particular a promover la convivencia pacífica entre las personas más jóvenes?

El teatro es un aquí y ahora con lo que está pasando. Vivimos en una sociedad que está constantemente pensando en el futuro, y nos perdemos el hecho de estar, de estar con el otro y de darnos permiso para identificar lo que nos está sucediendo. El teatro hace que te mires y te preguntes cosas, y eso a su vez hace que empatices. Pero para conseguirlo las personas jóvenes tienen que pasar primero por escucharse y ser escuchados.

Al final, las personas más menores necesitan unos padres que les estén protegiendo constantemente, mientras que adolescentes necesitan que sus padres estén alrededor, pero que le dejen un espacio de libertad. Saber esto es esencial para entender que el teatro tiene el poder de dar voz a jóvenes, de cualquier contexto y condición, para que se puedan expresar. En el momento en que se expresan, se dan cuenta de cómo se sienten y, al entenderlo, pueden empatizar. Pero si no sucede esto, se producen enfrentamientos, violencias de todo tipo y trabajos desde la ira.

¿Hay diferencias en cómo se aproximan al teatro en unas edades y otras?

Sí, hasta que entienden que el teatro es un juego. Todo el arte es jugar, con la percepción, con lo que sentimos, con absolutamente todo. Al principio trabajo a través de la risa, los ejercicios son para disfrutar y pasárnoslo bien. Son juegos de concentración, de escucha, y nos reímos muchísimo. ¿Qué pasa? Que cuando tú te ríes con una persona, empiezas a formar vínculos con ella. De ahí que en el grupo teatral se escuchen, porque todos estamos en la misma línea. Además, al meterles en el juego, lo que conseguimos es trabajar con el «niño interno». Ellos todavía lo tienen. Pero cuando han dañado a ese ‘peque’, se empiezan a poner capas y capas. A través del teatro esas capas se pueden quitar.

Al tener un trato tan cercano con las nuevas generaciones, ¿crees que son más abiertas a una cultura de no violencia?

Sí, porque vamos avanzando como sociedad, aunque vayamos muy lentos. Como la sociedad cambia, cambia la manera de estar en un mismo espacio. Pero yo creo que son las mismas personas con los mismos problemillas, solo que con otras herramientas. Ahora hay un tema tecnológico que es abrumador, porque pese a que es algo muy útil, es también muy difícil de controlar. Como ves a muchas personas jóvenes que están en un mismo espacio, pero no se miran a la cara, es importante darles la posibilidad de que dejen esa tecnología a un lado y se miren.

Además de tu labor docente, eres programador de la sala La Escalera de Jacob, ¿tienes en cuenta los valores que enseñas en las aulas a la hora de elegir qué funciones tienen lugar en este espacio?

Sí, claro. Me gusta que las obras te lleven a preguntarte cosas. También he creído siempre en el humor, porque es una herramienta maravillosa para llegar a lo más dramático del mundo. Aparte, en la sala tenemos otras funciones que nos permiten ser creadores de público, porque tenemos una programación con un precio asequible donde la gente va a pasárselo bien viendo un espectáculo. Si te gusta una obra, eso te abre puertas a que descubras otras personas artistas y autores y termines viendo un clásico. Lo mismo ocurre con adolescentes, no los puedes llevar directamente a ver La Celestina sin empezar antes con otro tipo de obras que les permitan conocer los códigos del teatro.

También me he dado cuenta de que en el barrio donde trabajamos las personas jóvenes no se mueven de la zona. El día que fuimos al Teatro Canal fue como una gran excursión. Es como que están apartados, porque si quieren coger el bus tardan casi una hora y se preguntan «¿para qué voy a ir allí?». Existen ese tipo de violencias sociales que ponen barreras. Por eso hacen falta centros culturales y espacios que no tengan una programación pobre. Lo bonito sería que se incentivase que la gente del barrio fuese a ver las obras, o incluso que una asociación vecinal se pregunte qué quiere ver la gente y qué funciones podrían atraerla.

Entonces, ¿es esencial que existan proyectos como Escuela de Paz en los barrios porque permiten fomentar la integración y generar comunidad?

Claro, esa es además una parte muy bonita del voluntariado. Las propias personas del barrio se involucran dentro del proyecto. Todos los años nos vamos de campamento juntando todos los grupos. Los grandes ayudan a los pequeños y se llama a las familias para que nos echen una mano. También vienen jóvenes que han estado aquí antes y personas que emplean sus vacaciones en irse una semana con ellas. Lo hacen porque les aporta, te termina enganchando.

Somos como una gran familia y nos lo pasamos muy bien: salimos a tomar unas pizzas, tenemos un grupo de WhatsApp… se nota el cariño. Al final se trata de hacer barrio. Cuando llega alguien externo a un grupo ya formado le resulta difícil integrarse, pero el teatro te permite reír, llorar y abrazar a otras personas, por lo que terminas haciendo equipo rápido. Se rompe la barrera muy fácilmente. Y encima en Escuela de Paz los padres encuentran un espacio para llevar a sus ‘peques’, pero también para hacer actividades que se salen de las habituales de los centros de barrios. Allí conectan con el resto de gente de la zona, lo que convierte en tan necesarios estos espacios, en especial en áreas que tienen menos recursos.

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