Sombra de ojos. El maquillaje era de su madre. Pintauñas. Colorete. Todo a escondidas. Primero para salir de festival o en fines de semana. Pestañas, eyeliner, iluminador. Lo especial pasó a algo más habitual. Cada vez son más elaborados. Sube una foto a Instagram. Ya está dicho. Ya está hecho.
El uso del maquillaje en hombres ha ganado popularidad en los últimos años, rompiendo con estereotipos de género y redefiniendo los estándares de belleza. A medida que el colectivo LGTBIQ+ y el movimiento feminista han ido ganando terreno en la lucha de derechos y libertades, la expresión estética y de género se ha convertido en una herramienta más de reivindicación.
«A finales del siglo XX es cuando estos movimientos empiezan a cuestionar el modelo tradicional heredado de una visión binaria de los sujetos, y de todo lo que les rodea en su construcción”, confirma Octavio Salazar Benítez, jurista y autor de Yo, nosotros: Diario de masculinidades por desarmar. Pese a estos avances, destaca que en la actualidad siguen estando presentes «esas dos esferas» de lo asociado a la mujer y lo asociado al hombre.
Para muchos chicos el poder traspasar esa esfera, implementando cambios en su estética o experimentando con la moda ha supuesto una vía de identificación y autodescubrimiento. Francisco es uno de ellos. Tenía 17 años cuando cogió por primera vez las pinturas de su madre. La idea surgió en la pandemia. Primero un «voy a probar». Después un «esto me está gustando». Fue perfeccionando la técnica por su cuenta, hasta que decidió empezar a salir los fines de semana maquillado y compartirlo en sus redes sociales.

“Me ha ayudado a encontrarme a mí mismo”, asegura mientras recuerda cómo antes del confinamiento no sabía a lo que dedicarse profesionalmente, ni cómo enfocarse en su vida en general.
Lo mismo le sucedió a Daniel. Él tiene 25 años y el maquillaje apareció en su vida en 2017, tras una época donde se sentía perdido en su carrera. Fue entonces cuando saltó en su cabeza un «y por qué no lo intento». Desde entonces, sube sus resultados a redes sociales sin ningún tipo de pretensión de profesionalizarse: “Me gusta porque lo veo como una expresión personal”.
La burbuja de la suerte
Ambos agradecen a su entorno la aceptación. Francisco viene de un ambiente más rural. Es de Rute, un pueblo de Córdoba. Daniel es de Tenerife, de las Islas Canarias. Para ninguno ha sido un proceso lineal, pero destacan el apoyo de familia y amigos. El problema viene de las personas que no forman parte de su círculo.
«A mí padre le costó un poco más, pero nunca me he asustado de mostrarme así. Me siento totalmente libre«, confiesa el cordobés. En su pueblo ya lo ven como algo cotidiano. De hecho, cuando sale con diseños más producidos a veces le piden fotos.
«He tenido suerte porque mi burbuja siempre se lo ha tomado bien, pero una vez sales de ahí no todo el mundo piensa como nosotros», asegura el joven tinerfeño, por su parte, haciendo referencia a las redes sociales. Estas se han convertido en un amplificador, para lo bueno y para lo malo. Así, el contenido viral acaba llegando a muchas cuentas que le han llevado a enfrentarse a amenazas deseándole «lo peor».
Sin embargo, ya han superado esa barrera de exponerse a situaciones desagradables y les puede más el sentirse realizados. Esto hace que la decisión sea aún más libre para ellos mismos. «No se hace para gustar, porque lo normal es que se genere la reacción contraria», confiesa Daniel.
Un maquillaje sin presión social
Al coger la primera brocha no existen los cánones. Han dejado atrás el encajar en estereotipos o el querer adquirir una imagen específica. «En el momento en el que se sale de la norma, no hay presión», clarifica Fernando Herranz Velázquez, doctor en estudios de género e integrante del Observatorio de las Masculinidades de la Universidad Miguel Hernández de Elche.
Mientras que a las mujeres se les impone cumplir con expectativas sociales de perfección física, como una piel impecable o un maquillaje adecuado para cada ocasión, los hombres que optan por maquillarse suelen hacerlo como una forma de autoexpresión o experimentación personal, y no necesariamente para ajustarse a un ideal estético preestablecido. Esto les brinda mayor libertad para explorar en la cosmética, apariencia o cualquier otro elemento estético sin la misma carga social que se les impone a las mujeres.
«Hasta en eso tenemos más privilegios«, asegura Salazar. Explica que las mujeres están más sometidas a ese estándar y expuestas a la «cultura del agrado». El que el maquillaje se haya asociado a cubrir inseguridades o verse mejor para encajar en lo que se entiende como «bello» hace que los hombres que transgreden no tengan dicha presión.

Daniel y Francisco lo corroboran. No lo sienten. Cuando deciden apostar por unos colores u otros, se trata de un juego. Un proceso que roza lo artístico. Ninguno se maquilla en su día a día. Queda reservado a cuando les apetece.
Ahora bien, la visión de la sociedad sí determina la mayor o menor aceptación de esta disrupción. «Los que son ejemplos bien vistos son aquellas personas que mantienen una imagen masculina potente», explica Salazar.
«El revuelo que generó Sam Smith, no es el mismo que el de Damiano de Måneskin», pone como ejemplo Gabriel, un joven de 25 años que un día decidió comprarse un pintauñas e incluirlo en su rutina. Aparte de eso, incluyó el eyeliner para ocasiones especiales. Él no dejó oportunidad a su círculo, «aquello iba a seguir pasando». Para él, es importante concienciar sobre los roles que aún se siguen perpetuando: «La aceptación de esa imagen va ligada a lo que todavía se entiende como hombre clásico».
Más allá de una orientación sexual
«Lo importante no es tanto el ser sino el parecer», diferencia Herranz. Así, al ser considerada la heterosexualidad la norma, se cree que la expresión determina la orientación. «La masculinidad, al final, es una performance continua porque se basa en lo que expresamos a un público», aclara el experto.
A su vez, esto depende de lo que la sociedad entiende como coherente para cada género. La imagen se ve determinada por el contexto social y cultural del momento. Por eso hay ciertos elementos que a lo largo de la historia han ido cambiando en función de si se asociaban al hombre o a la mujer.
Desde los petimetre de la Francia del siglo XVIII con indumentaria sofisticada, uso de peluca y polvos para la cara, hasta los metrosexuales a finales de los 90 y principios de los 2000. Entre ambos, por ejemplo, los tacones han pasado de ser una cosa de hombres a algo de mujeres.
Además, la importancia de la apariencia y el autocuidado también han ido variando. Ahora es natural ver anuncios de cremas para hombres porque se ha extendido su uso y, en consecuencia, el mercado ha encontrado un hueco en la industria para estas nuevas necesidades. Por eso, pese a que la expresión estética sea un derecho adquirido por la lucha de derechos de colectivos como el LGTBIQ+, no tiene que venir asociado a una determinada orientación sexual.
El debate actual versa en la visibilidad que están empezando a dar hombres abiertamente heterosexuales sobre el uso de corrector o sombra de ojos. «Para mí no se normaliza, se crea una especie de espectáculo» confiesa Daniel. Duda a la hora de argumentar, pero tiene claro que el colectivo ha sido el principal motor de cambio. Por ello, considera que una cosa «va de la mano» de la otra.
Por otro lado, para Gabriel no existe ninguna apropiación ya que «el maquillaje ha estado presente desde la antigüedad». De hecho, diferencia este movimiento estético de la lucha de libertades: «Creo que es necesaria la lucha, pero cuando me pinto los ojos o las uñas no lo hago para mandar un mensaje, lo hago porque me apetece». Añade que lo que el colectivo busca es romper, precisamente, con esas normas y diferencias, y asegura que «el mayor gesto de libertad es dejar que la gente experimente».
Con o sin intencionalidad este movimiento ha permitido avanzar en la conceptualización de los estereotipos y modernizar la cultura de lo estéticamente permitido o no. En una sociedad donde la imagen impera, lo transgresor llama la atención. Ante esta superficialidad, Salazar recuerda que debe ir seguido de un cambio en el sistema. “Esperemos que esto no se quede en una moda y en lo estético y vaya acompañado de unos avances en otras luchas de derechos”, sentencia.

