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La tapadera social del amor romántico

La juventud de hoy ha cambiado las formas de amar, pero no la lógica: los mandatos de género se siguen manteniendo, lo que acrecienta las relaciones violentas en la pareja.

Nunca nos han enseñado a amar bien. Y no, las películas y cuentos de hadas tampoco han sido un claro reflejo de cómo se trabaja, se construye y se cuida el amor. Deseosas de cariño y de sentirnos correspondidas, las personas vivimos enganchadas a las garras de un amor romántico “perfecto” que se diluye en un constructo social marcado por el paso de los años.

Tanto el cine como la literatura del amor romántico nos ha vendido toda la vida la idea de que el amor gira en torno a un príncipe azul y una princesa en un mundo color de rosa que tiene que ser rescatada. Es posible que cada vez veamos menos a la mujer representando este tipo de papeles y siendo un perfil más empoderado, pero la realidad es que, según determinan profesionales de la psicología y activistas feministas, todo está ligado a los mandatos de género “que no dejan de generar desigualdades”.

El eufemismo que tapa a la violencia

Desde hace un tiempo, con el impulso de las redes sociales, se ha modernizado y expandido un término erróneo que suaviza la realidad de un amor donde se cultivan y florecen malos tratos: la palabra ‘tóxico’. Según explica la psicóloga social Gemma Altell, “toxicidad suele ser un eufemismo para hablar de violencia”, porque “de lo que estamos hablando es de un amor donde hay abuso de poder que se traduce en violencia, ya sea física, psicológica, sexual, verbal o todas ellas combinadas”.

En la misma línea, Pamela Palenciano, actriz de teatro y activista feminista española, determina que tóxico es algo que se puede desintoxicar, “de hecho, la desintoxicación suele ser inmediata”, dice. Sin embargo, “cuando estás en una relación donde sufres violencia, tú no vas al psicólogo y de un día para otro estás bien, sino que es un trabajo de años”.

Pamela, además, habla desde la experiencia de su piel cicatrizada. A sus 42 años, se ha pasado media vida denunciando el sistema patriarcal de hace siglos y desmaquillando realidades a través de su monólogo autobiográfico ‘No solo duelen los golpes’, para que la juventud de hoy pueda prevenir los malos tratos que sufrió ella en su primera relación de noviazgo. “Mi idea es visibilizar todas aquellas formas de violencia invisibles que ahora se nombran como toxicidades y que no dejan de ser violencias que nos ha costado mucho al movimiento feminista nombrarlas como tal”.

Pamela Palenciano con la camiseta de su monólogo biográfico | Imagen cedida por la fuente

El espejismo de la igualdad

Si bien es cierto, las formas de amar de antaño no se pueden comparar a las formas de la juventud en estos tiempos. Más abiertas y frenéticas, sumergidas en un entorno digital que facilita las relaciones sociales, las personas jóvenes están empezando a experimentar otras maneras de conectar, diferentes a lo tradicional. Sin embargo, que cambien las formas no significa que también lo haga la lógica. Según Gemma Altell, no deja de ser un ejemplo más del “espejismo de la igualdad”.

“Creo que hay un grupo de adolescentes y jóvenes que están probando modelos más innovadores como el poliamor o las relaciones abiertas como relaciones espirituales digamos; y otras relaciones que mantienen unos roles muy clásicos donde efectivamente los celos y la posesión ocupan un lugar y, por tanto, está situado en el mismo sitio”, asegura la psicóloga.

De igual manera, cuando se presencia una relación romántica violenta, la mirada se sigue colocando en la víctima. “Lo que se juzga es que tiene que cambiar ella, no él. La forma de amar desde los celos, el control… no se cuestiona, sino que solo se cuestiona la sumisión”, afirma Pamela Palenciano.

Gisela Hansen, psicóloga clínica y especialista en adicciones, salud mental y género, lo explica con un claro ejemplo al que llama ‘la metáfora de la rana’: “¿Por qué la rana no sale del agua si está hirviendo? Porque se ha ido calentando tan poco a poco que se ha ido adaptando y, aunque suene muy raro, genera unos mecanismos de adaptación muy fuertes para vivir en la violencia y en el temor”. Luego, concluye: “Tenemos que derivar el foco a por qué agrede el agresor y no a por qué no sale de ahí la víctima”.

El enganche de las redes sociales

La barrera de la comunicación que rompen las redes sociales y los dispositivos móviles dificulta, en la gran mayoría de las ocasiones, que una relación cierre su etapa a tiempo; que pongan punto y final a esa relación donde ya no había amor, sino solo violencia. Las llamadas telefónicas, los mensajes de texto esperanzadores, amenazantes o de arrepentimiento y los recuerdos de fotografías donde todo era mejor ralentizan el proceso.

Adrián Chico lo percibe y trabaja con ello casi diariamente en sus consultas. A sus 27 años, este psicólogo, sexólogo y terapeuta de parejas con más de 150 mil seguidores en la red social de TikTok, dirige su propio Centro de Psicología y está hipervinculado a las conexiones románticas de la juventud del momento.

“Te pones a analizarlo y claro que hay cosas buenas. Lo que pasa es que esas cosas buenas o no duran mucho o no se sostienen en la balanza. ‘Cuando estamos bien estamos muy bien, pero cuando estamos mal…’, dicen. En el fondo quieres que la otra persona vuelva a ser buena, porque lo ha sido y crees que puede cambiar, entonces tienes esa esperanza de que suceda”, explica Chico.

Arma de doble filo

No todo lo que proporcionan las redes sociales es negativo. Tampoco es positivo al cien por cien. Más bien, se trata de un arma de doble filo, según determinan las personas entrevistadas.

Para Gisela Hansen, por ejemplo, entre lo negativo destaca que el concepto de amor romántico ‘tóxico’ “se ha utilizado mucho a nivel de humor, memes y chistes, por lo que diluimos el impacto y la magnitud de las violaciones”. En la misma línea, Adrián Chico añade que tampoco se reconoce qué es exactamente una «relación tóxica», porque «ahora parece que todo lo es»; al igual que sucede, por ejemplo, con la dependencia emocional.

Esta sobreinformación que a veces descontextualiza, en otras ocasiones “ayuda a visibilizar situaciones de las que no éramos conscientes y nos permite escuchar experiencias de otras personas que han pasado por ello”, explica el joven psicólogo. En este punto, surgen en redes las ‘red flags’ -banderas rojas-, un término que ha acuñado la juventud para advertir de los comportamientos violentos que puede tener una persona en una relación de pareja.

Las redes sociales no dejan de ser un escaparate de apariencias, donde lo negativo de una forma u otra se suaviza y lo positivo se magnifica. “Presentar una imagen tan simplificada y tan azucarada creo que está contribuyendo a que sea más difícil entender los avatares de la vida y las relaciones de las personas en general”, especifica Altell, que, a su vez, incide en “trabajar más desde los entornos íntimos, desarrollar un pensamiento crítico y tomar conciencia sobre cómo son las relaciones auténticas”.

Construir amor sano

¿Quién dijo que amar fuera fácil? Nunca nos han enseñado a hacerlo, ni mucho menos a hacerlo bien. El secreto para dar con ello no es específico, porque depende de lo que cada persona considere fundamental e imprescindible en su vida. Aún así, tanto Gemma Altell como Gisela Hansen, Pamela Palenciano y Adrián Chico coinciden en que la clave está en la comunicación.

“La complicidad, aceptar al otro tal como es, escuchar mis propios límites, la amistad… Es decir, que vaya más allá del amor romántico, que haya una complicidad donde compartes y puedes sentirte vulnerable libremente”, apunta Altell.

Los cambios surgen a todos los niveles y el amor que ahora construimos, no será igual al de un tiempo futuro. Añorando el pasado, todavía hay personas que se atreven a decir que antaño “la gente se quería más y mejor”. Pamela Palenciano no está del todo de acuerdo, pero sí cree que la velocidad de los cambios en los últimos 15 años ha afectado bastante al ser humano en general. Y en este sentido, “¿cómo no iba a afectar a lo que mantiene a la humanidad que es el amor?”.

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